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BOLETIN NORTINO REBELDE

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sábado, 19 de marzo de 2005

Santucho:Poder Burgues y Poder Revolucionarios

Por nortinorebelde a las 17:08
EL PODER DE LA BURGUESÍA
La clase obrera y el pueblo argentino han vivido los últimos años riquísimas experiencias políticas que entroncan en la historia de nues­tra lucha de clases, y aclaran cristalinamente cuestiones vitales para los intereses nacionales y sociales de las masas trabajadoras argentinas. Reflexionar sobre estas experiencias, observar el comportamiento de las clases enfrentadas, comprender en profundidad las particulari­dades de nuestra revolución y extraer las conclusiones para guiar la acción correctamente, es una apremiante responsabilidad de los obre­ros conscientes, de los sectores progresistas y revolucionarios en ge­neral, de nuestras más amplias masas trabajadoras.
En el presente folleto intentaremos un sintético análisis de ciertos procesos centrales de nuestra reciente historia política, con el ánimo de contribuir a su comprensión, de aventar la espesa niebla del diver­sionismo ideológico esparcido por la burguesía y la pequeñoburguesía para ocultar esos aspectos fundamentales, para confundir al pueblo y desviar su lucha.
Después del período de estabilidad capitalista posibilitado por la si­tuación económica internacional vigente durante la Segunda Guerra Mundial, periodo que finalizó aproximadamente en 1952, las clases dominantes argentinas, acosadas por la persistente y enérgica lucha popular, han utilizado reiteradamente, por turno, dos formas funda­mentales de dominación burguesa: la república parlamentaria y el bo­napartismo militar.
Es sabido que en la sociedad capitalista una minoría privilegiada de explotadores y burócratas ejerce su dominación de clase sobre la in­mensa mayoría del pueblo. Es sabido que en el gobierno se turnan ciertos políticos y ciertos militares, ligados todos de una u otra manera a las grandes empresas, a la oligarquía terrateniente y al imperialismo y ellos mismos grandes empresarios y oligarcas proimperialistas; Frige­rio, Alsogaray, Krieger Vasena, Salimei, Lanusse, Gelbard, son algu­nos entre otros muchos ejemplos. ¿Cómo hacen los burgueses para mantener el control político, es decir, la dictadura de la burguesía? ¿Cómo se las ingenian para impedir que las clases trabajadoras, que son mayoritarias, lleguen al gobierno?
Se sirven de dos sistemas principales, el parlamentarismo y el bona­partismo militar. Ambos sistemas utilizan combinadamente el engaño y la fuerza para mantener la hegemonía de la burguesía. Cuando uno de los sistemas se ha desgastado y las masas muestran de mil formas su activo descontento, los capitalistas, oligarcas e imperialistas recurren hábilmente al otro sistema.
El parlamentarismo es una forma enmascarada de dictadura burgue­sa. Se basa en la organización de partidos políticos y en el sufragio universal. Aparentemente todo el pueblo elige sus gobernantes. Pero en realidad no es así, porque como todos sabemos las candidaturas son determinadas por el poder del dinero.
Como decía Lenín: “Decidir una vez cada tantos años qué miembro de las clases dominantes han de reprimir y aplastar al pueblo a través. del parlamento; tal es la verdadera esencia del parlamentarismo bur­gués" (1). Este carácter fraudulento, engañoso, de toda elección y de todo parlamento no quita que la clase obrera deba ingeniarse para dar pasos de avance revolucionario en determinados procesos electo­rales, no quita que la clase obrera deba ingeniarse para intentar utilizar el parlamento con fines revolucionarios.
Una política revolucionaria debe saber utilizar todo tipo de armas, in­cluso aquellas que han sido creadas y son usadas con ventaja por la burguesía como el parlamentarismo, para avanzar en la propagandiza­ción de las ideas revolucionarias, para avanzar en la movilización de masas, para introducir la crisis, la división y la desorientación en las filas enemigas.
Pero un grave error sería creer que a través de elecciones es posible encontrar algún tipo de soluciones a los problemas de fondo de la clase obrera, del pueblo y de nuestra patria. La burguesía proimperialista argentina desgraciadamente ha conseguido varias veces despertar esperanzas en nuestro pueblo sobre la posibilidad de producir importantes cambios mediante un proceso electoral.
En los países capitalistas relativamente estables como EE.UU., Ingla­terra, Alemania, etc., la burguesía mantiene su dominación por la vía parlamentaria. En cambio en países capitalistas de gran inestabilidad económico-social, como la Argentina actual, la burguesía debe recur­rir constantemente a recambios.
El bonapartismo militar, la otra forma de dictadura burguesa, muy utili­zada por los explotadores argentinos, consiste en asentar abierta­mente el gobierno sobre las fuerzas armadas, a quienes se presenta como salvadoras de la nación, encargadas de poner orden, de mediar entre las distintas clases que han llegado a un enfrentamiento agudo; encargadas de imponer la conciliación entre las clases enfrentadas sin beneficiar particularmente a ninguna de ellas, de imponer el "justo medio" en los intereses contrapuestos.
El bonapartismo militar que ha surgido en nuestro país de golpes mi­litares relativamente incruentos ha sido presentado con habilidad como intervenciones de las FF.AA. destinadas a terminar con la corrupción y la injusticia, destinadas a solucionar los problemas del pue­blo y a sanear la vida económico-social de la nación.
El exitoso golpe militar del 4 de junio de 1943, coincidente con la co­yuntura económica internacional extremadamente favorable, producto de la Guerra Mundial, abrió un período de prosperidad y estabilidad ca­pitalista que permitió importantes concesiones a las masas y sirvió magníficamente a la burguesía para infundir falsas esperanzas en los militares, para difundir entre las masas la teoría contrarrevolucionaria de la fusión pueblo-ejército como fórmula para la revolución nacional antiimperialista y popular. La realidad es que el bonapartismo militar ha sido el sistema más beneficioso para la burguesía y el imperialismo y más perjudicial a los intereses populares y de la nación.
Naturalmente que entre estos dos sistemas no hay una muralla in­franqueable, que ambas formas de dictadura capitalista se entrecruzan y se combinan y que a veces el paso de una a otra se ha dado en forma gradual.
La primera experiencia peronista nacida de un golpe de estado típicamente bonapartista, con la importante característica especial de apoyarse no sólo en las FF.AA., sino también en amplias masas Obre­ras en proceso de sindicalización, pasó gradualmente a formas parla­mentarias en el curso de la primera presidencia de Perón.
A partir de 1952, la crisis económico-social comenzó a manifestarse en forma aguda llevando al agotamiento el intento justicialista. La burguesía exigió mayores sacrificios de las masas, exigió al gobierno que ampliara los márgenes de explotación capitalista eliminando las concesiones de la época de bonanzas, y aunque el gobierno intentó satisfacer esas demandas un fuerte sector militar se impacientó, con­sideró débil e ineficiente al gobierno peronista, y protagonizó el golpe de estado de 1955.
La dictadura "Libertadora" encontró en las masas enorme resistencia armada y no armada, concretada en grandes huelgas obreras y en un incipiente y masivo accionar armado urbano. Resistencia muy difícil de vencer militarmente que llevó a la necesidad de dar paso nuevamente al parlamentarismo en 1957, previo acuerdo de la dictadura con los políticos burgueses que habrían de sucederle, para exterminar en conjunto la resistencia popular. Así subió Frondizi agitando mentirosamente un programa progresista que engañó a amplios sectores de masas y que naturalmente no cumplió en lo más mínimo desde el go­bierno.
Pero nuevamente la presión de las masas fue muy grande. Saliendo rápidamente de la confusión, nuestro pueblo intensificó la lucha reivin­dicativa y política, enfrentó activamente los planes capitalistas de su­perexplotación, continuó el accionar armado y urbano y agregó una in­tentona rural, que fue derrotada al no llegar a constituir sólidas uni­dades, y desbarató el plan frondicista de estabilización política en las elecciones a gobernadores de marzo de 1962 imponiendo en Bue­nos Aires un gobernador obrero (Framini) que, aunque no era revolu­cionario, resultaba inaceptable para la burguesía en esos momentos.
Nuevamente la burguesía se alarmó. Ante la crisis, consideró que el frondicismo era incapaz de contener a las masas, y se lanzó con Guido a un nuevo intento bonapartista completamente inconsis­tente por la ausencia de líderes y de organización en las fuerzas armadas. Esta debilidad de los militares los obligó a ceder nuevamente terreno al parlamentarismo y se concretaron las elecciones presiden­ciales de 1964 que llevaron al poder al radicalismo de Illía.
La continuidad e intensificación de la movilización política y reivindi­cativa de nuestro pueblo, particularmente de la clase obrera, quitó todo margen de maniobra a este gobierno populista, deseoso de hacer algunas concesiones a las masas y dispuesto a dar tímidos pasos progresistas, pero sin herir e irritar a las clases dominantes, cuestión a todas luces irrealizable en las condiciones de profunda crisis económica en que se debatía el país. Ante exigencias de los militares Illía terminó lanzando la represión, sin conformarlos y sin lograr evitar un nuevo golpe bonapartista.
Esta vez los militares habían realizado previamente una profunda reorganización política de las FF.AA. que las consolidó como el principal partido político de la burguesía. Bajo el liderazgo de Onganía apoyado unánimemente por la burguesía, incluido el peronismo y la burocracia sindical, las FF.AA. contrarrevolucionarias presentaron un ambicioso plan “revolucionario” destinado a restituir el orden, aplastar las luchas obreras, garantizar grandes ganancias a las empresas monopolistas y avanzar así a una trascendente modernización de la estruc­tura capitalista que lograra estabilidad y desarrollo.

LA DICTADURA DE ONGANIA
El golpe militar de Onganía tuvo una particularidad que es muy impor­tante señalar. Fue esencialmente un golpe preventivo, dirigido a cortar en su raíz el vigoroso surgimiento de nuevas fuerzas revolucionarias. Las luchas del proletariado argentino habían alcanzado un elevado nivel. Varios paros generales, miles de ocupaciones de fábricas, cons­tantes manifestaciones callejeras y un nuevo intento guerrillero rural que, aunque fracasado rápidamente, fue visto con gran simpatía por el pueblo (2).
Temeroso ante el auge de la lucha de masas y los avances logrados en la conciencia y organización populares, el Partido Militar suprimió to­das las libertades democráticas, dictó una bárbara ley anticomunista, lanzó violenta represión contra toda movilización obrera y popular ile­galizando sindicatos, encarcelando dirigentes y activistas, ordenando hacer fuego contra ciertas manifestaciones callejeras. Santiago Pam­pillón e Hilda Guerrero de Molina fueron los primeros mártires del pue­blo caídos bajo las balas asesinas de la Dictadura.
Aunque las masas reaccionaron inmediatamente y resistieron acti­vamente las principales medidas antipopulares iniciales de la Dictadu­ra, el enemigo logró victorias tácticas aplastando con métodos de guerra civil las principales huelgas de los primeros meses (estudiantes, azucareros, portuarios). Debido a ello, declinó la movilización de masas a lo largo de 1967 y 1968.
Pero este relativo paréntesis de la lucha popular fue llenado por profundos cambios en la mente y el corazón de nuestro pueblo. Ante la barbarie militar y el estado de indefensión popular, comenzó a cundir entre los argentinos el convencimiento de que a la violencia de los ex­plotadores y opresores había que oponer la justa violencia popular. Este trascendental avance ideológico fue fecundado por la epopeya del Comandante Guevara, vivida como propia por amplios sectores nuestro pueblo.
Abrumado por la opresión y la explotación y en proceso .de despertar político e ideológico, el pueblo argentino acumuló odio a la Dictadura, decisión de luchar con nuevos métodos más contundentes. Todas estas energías contenidas estallaron a lo largo y a lo ancho del país en una inmensa movilización de masas sin precedentes en nuestra Patria, inciada en Corrientes en mayo del 69 como respuesta al asesinato del estudiante Cabral. Córdoba, Tucumán, salta, Rosario, las principales ciudades del país, fueron conmovidas entre mayo y setiembre de 1969 por formidables movilizaciones antidictatoriales de las masas.
Fue el principio del fin del Onganiato. La Dictadura Militar quedó herida de muerte por las movilizaciones del 69. En junio de 1970 On­ganía fue destituido y reemplazado por Levingston. La lucha popular se intensificó; surgió impetuosa la guerrilla urbana, y el virrey Le­vingston cayó del gobierno tan bruscamente como había ascendido.
A partir del Cordobazo, a partir de mayo de 1969, la lucha antidicta­tonal del pueblo argentino adquirió considerable fuerza y efectividad. La aparición de la guerrilla urbana en la lucha de clases argentina, como fuerza organizada y efectiva, capaz de golpear con dureza al ré­gimen y sus personeros, dió una nueva tónica a la lucha popular. Co­menzó a abrir una estrecha senda hacia el poder obrero y popular, a mostrar la posibilidad de encontrar un camino para escapar al enma­rañado cerco construido por la burguesía con engaños y violencias, en el que las clases dominantes han mantenido encerrado a nuestro pueblo durante decenas de años.
La llama de la guerra popular como estrategia para la toma del poder, como camino de la revolución nacional y social de los argentinos fue encendida en este período y, aunque débilmente, comenzó a arder ya sin interrupciones. Por primera vez una posibilidad auténtica de avanzar hacia la solución de los gravísimos problemas de nuestra patria y de nuestro pueblo, se presentó ante los ojos de los trabajadores ar­gentinos. Ello llenó de entusiasmo y confianza a las masas y el auge de la lucha popular adquirió una profundidad y firmeza nunca vistas, ante el pánico de la burguesía.
Fue entonces que el partido militar decidió retirarse en orden del escenario político. Al borde de la desesperación, los militares coloca­ron a su mejor hombre en la Presidencia. Lanusse estableció contac­tos inmediatamente con los políticos burgueses, en primer lugar con radicales y peronistas, y con su asesoramiento, a través de Mor Roig, planificó una hábil estrategia defensiva para retirarse convocando en abril de 1971 al Gran Acuerdo Nacional de la burguesía.
Decía nuestro Partido en abril de 1971:
"El golpe militar que destituyó a Levingston señala los últimos Pa­sos de la Dictadura Militar. La aventura emprendida en 1966 por los mi­litares llega a su término en medio de la más profunda crisis. En el transcurso de los casi cinco años que lleva, el gobierno militar ha sido incapaz de estabilizar la economía burguesa y sus medidas pro­monopolístas le han valido no sólo el odio de los trabajadores y el pueblo, sino también constantes roces con otros sectores de la burguesía. El estallido popular de Córdoba fue el golpe de gracia para la deteriora­da imagen de la Dictadura.
La movilización obrera y popular del 15 de marzo tuvo como carac­terísticas especiales la inocultable simpatía demostrada por las masas hacia los movimientos armados, la existencia de direcciones clasistas en importantes gremios, el desprestigio de la burocracia y su evidente incapacidad para canalizar la protesta popular por caminos pacíficos. La creciente actividad de la vanguardia armada, que empalmó en ese proceso, donde las masas tomaron como suyos sus emblemas, fue otra característica, tal vez la más importante, del segundo cordobazo. La posibilldad de la concreción en un futuro inmediato de un vuelco masivo del proletariado a la guerra revolucionaria, liderada por esa van­guardia, forzaron a las FF.AA. a dar el golpe que liquidara la política de Levingston, simple continuación de la de Onganía, para intentar una nueva sailda. Este golpe de timón de la Dictadura Militar ahora materiali­zada en la figura de Lanusse, es un retroceso de parte de la misma. Ja­queada por las explosivas protestas masivas de la clase obrera y el pueblo y por el desarrollo de la guerra revolucionaria, la Dictadura se repilega y comienza a hacer concesiones.
Con ello se abre un nuevo panorama en el proceso de las luchas populares" (3).
"Concientes de la gravedad de la crisis del capitalismo argentino, temerosos ante la enérgica reacción popular y el surgimiento de orga­nizaciones guerrileras íntimamente unidas a las masas, la camarilla mili­tar gobernante recurrrió al GAN, a una propuesta de acuerdo con los distintos partidos políticos burgueses y pequeño-burgueses, para asentar en esta base social amplia su política contrarrevolucionaria de represión brutal a los brotes guerrilleros y a la vanguardia clasista, ele­mentos principales de la guerra popular de larga duración iniciada en nuestra patria".
"La camarilla de Lanusse comprende que para que esa maniobra cuaje, necesita de la participación, del apoyo de todos los sectores con arraigo popular, principalmente el peronismo. De ahí los coque­teos con la Hora del Pueblo y el ofrecimiento a Perón de permitir su re­torno, devolver el cadáver de Evita y otras concesiones con las que pretenden llegar a un acuerdo, incorporar al peronismo a su políticá contrarrevolucionaria”.
"El GraL Perón manifiesta que no se prestará a las maniobras dicta­toriales, pero al mismo tiempo, en los hechos, con el apoyo abierto brindado al paladinismo y a Rucci, a la Hora del Pueblo y a la burocracia sindical traidora, entra en esa maniobra, favorece objetivamente los planes de la dictadura, contribuyendo a confundir a amplios sectores populares que, hartos de los militares, están dispuestos a aceptar un nuevo gobierno parlamentario burgués, el retorno a escena de los po­litiqueros que hace 5 años repudiara masivamente" (4).
En definitiva el GAN, como se demostró posteriormente, fue una hábil maniobra de la burguesía para contener con el engaño el formi­dable avance revolucionario de nuestro pueblo, engaño que consistió en un nuevo retorno al régimen parlamentario, esta vez bajo el signo peronista, mediante un proceso electoral completamente controlado por las clases dominantes. El plan burgués fue una vez más tácticamente exitoso y logró despertar nuevas esperanzas en las ma­sas hacia una salida parlamentaria. Pero ello no le reportó ventaja algu­na, como veremos más adelante, por la persistencia e intensificación de la lucha popular en sus diversas manifestaciones.
Sin embargo, es necesario detenernos para analizar las causas de los repetidos éxitos de la burguesía en mantener su dominación de clase pasando del parlamentarismo al bonapartismo militar y vicecersa, maniobra repetida reiteradamente.
Desde 1952 el capitalismo argentino vive una profunda crisis económico-social, sometido a la formidable presión de un pueblo com­bativo que no se resigna a la explotación y el sometimiento, que ha lu­chado denodadamente en los últimos 22 años. Sin embargo, la burguesía que no logra estabilizar el país en lo económico-social, ha tenido éxito hasta ahora en lo político salvaguardando con hábiles maniobras el poder, resorte decisivo en la luchá de clases.

SIN OPCION REVOLUCIONARIA DE PODER
La razón fundamental por la que pese a la enérgica lucha de nues­tro pueblo, las clases dominantes no han visto peligrar su dominación política ha sido la ausencia hasta el presente de una opción revolu­cionaria de poder que ofreciera a las masas una salida política fuera de los marcos del sistema capitalista.
Hasta ahora la clase obrera y el pueblo argentino no han conseguido darse una fuerza política propia de carácter revolucionario. Por ello ha estado sometido constantemente a la influencia de los partidos políticos burgueses y no ha logrado identificar las distintas engañifas preparadas por la burguesía, cayendo en consecuencia en el error, dando su apoyo de buena fe a sus propios verdugos.
Naturalmente que la burguesía emplea todos sus poderosos medios materiales; la prensa, la radio y la TV; sus agentes en el campo popular; la intimidación y la persecución represivas, el soborno, etc., con el objeto de dividir las fuerzas populares, de impedir a toda costa cualquier avance en la construcción de organizaciones revolucionarias. Natural­mente que la burguesía emplea todos sus recursos en difundir entre las masas toda clase de ideas erróneas, de esperanzas en las solu­ciones y líderes burgueses tanto políticos como militares. Natural­mente que la burguesía emplea todas sus fuerzas en calumniar al soci­alismo, en mentir descaradamente para crear temor y desconfianza ha­cia el poder obrero revolucionario.
Otro factor que contribuye poderosamente a mantener oculta la ne­cesidad de arrebatar el poder estatal de manos de la burguesía, es el rol de las corrientes reformistas y populistas como el Partido Comunis­ta y Montoneros, por ejemplo, que desde el campo del pueblo -y por tanto escuchados con interés por las masas- difunden también falsas esperanzas apoyando sin rubores a uno u otro dirigente de la burguesía pretendidamente progresista, perdiéndose en el laberin­to de la lucha interburguesa y desviando tras de sí a sectores de las masas, lejos del verdadero camino revolucionario, el camino de la lu­cha consecuente y constante por la toma del poder.
Debido a estos factores, a la debilidad de las fuerzas revolucionarias, al hábil trabajo contrarrevolucionario de la burguesía, y a las erróneas ideas sostenidas y practicadas por ciertas corrientes del campo popu­lar, la burguesía ha podido maniobrar con tranquilidad en el campo político durante los últimos 22 años de crisis económico-social, pasar sin mayores dificultades del parlamentarismo al bonapartismo y de vuelta del bonapartismo al parlamentarismo, confundir con estos movimientos al pueblo y mantener sólidamente el control de todos los re­sortes del Estado.
Comprender claramente esta cuestión, saber identificar las manio­bras y trampas que la burguesía emplea para conservar el gobierno, grabarnos en nuestras mentes y grabar en la mente del pueblo que no hay solución a los problemas de las masas sin despojar del poder a los capitalistas, sin destruir su ejército y su aparato represivo, es la cues­tión más vital en el estado actual del proceso revolucionario argentino.
La lucha de nuestro pueblo registra fundamentales avances en los últimos años. Consignas socialistas han sido inscriptas profusamente en distintos programas de lucha de las masas; el sindicalismo clasista recuperó numerosos sindicatos de manos de la burocracia sindical y está a punto de centralizar su actividad nacionalmente; las masas po­bres del campo y la ciudad crean y desarrollan ligas campesinas y fe­deraciones villeras; se han fundado y operan prácticamente en todo el país efectivas unidades guerrilleras urbanas y rurales con lo que se dio un paso fundamental en el armamento del proletariado y el pueblo; surgió un pujante movimiento socialista legal y semilegal de carac­terísticas revolucionarias; y finalmente, la consolidación, desarrollo y maduración de nuestro Partido, el PRT, señala el camino para la solu­ción del principal problema de toda revolución: la dirección proletaria revolucionaria de la lucha popular en su conjunto.
Todos estos elementos anuncian que los argentinos estamos hoy día en condiciones de superar el déficit fundamental que hemos señalado, de dotarnos de una opción revolucionaria que nos permita arrancar a las masas de la influencia burguesa y encaminarnos con fir­meza hacia la captura del poder, que nos permita dirigir con certeza nuestra lucha hacia la toma del poder hasta voltear a los políticos y mili­tares capitalistas, destruirles su aparato de dominación (ejército, po­licía, parlamento, etc.>, instaurar el poder obrero y popular lar socialista, y construir un nuevo sistema de gobierno, un nuevo estado, basado en la movilización y participación de todo el pueblo para aplastar definitiva­mente hasta la última resistencia del capitalismo y edificar el justo régimen socialista.
TERCER GOBIERNO PERONISTA
Triunfantes en las elecciones generales del 11 de marzo, Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima, candidatos del FREJULI a Presidente y Vice Presidente, dirigieron sus primeros pasos políticos a contener las actividades revolucionarias y la lucha de masas en general sobre la base de vagas y rimbombantes promesas de cambios revolucionarios.
Surgido de una campaña electoral pro-socialista y pro-guerrillera, el gobierno peronista de Cámpora se propuso iniciar 'su gestión con al­gunas concesiones secundarias a la izquierda peronista y una apertura internacional hacia los países socialistas que le diera un barniz "revolucionario". Dentro de esas concesiones estaban comprendidas algunas leyes reclamadas prioritariamente, por las masas, en primer lu­gar la amnistía a los combatientes y la derogación de la legislación re­presiva. Pero el propósito del gobierno peronista era otorgar una am­nistía gradual,. parcial y condicionada, que comenzara poniendo en libertad a los combatientes peronistas y condicionara la de los guerrilleros marxistas a la aceptación de la tregua por parte del ERP. La dirección burguesa y burocrática del peronismo, entusiasmada por los 6 millones de votos obtenidos, confiaba irracionalmente en que nues­tro pueblo sería engañado con facilidad y suspendería su lucha, seguiría la orientación formulada "de trabajo a la casa y de la casa al traba­jo". El mismo 25 de mayo las masas hicieron trizas todos esos planes lanzándose a la calle y obligando con el "devotazo" a la inmediata libe­ración de todos los combatientes.
Desde ese momento ya se vió que el triunfo táctico obtenido por la burguesía en el proceso electoral, tras una laboriosa preparación, no serviría para contener la lucha de masas, aislar a la guerrilla y a la van­guardia clasista, para destruirlas, y abrir así posibilidades de recupera­ción capitalista, objetivos inmediatos centrales de la burguesía argenti­na y el imperialismo yanki.
A partir del 25 de mayo las masas ganaron la calle, obtuvieron nue­vos triunfos contra la burocracia sindical, enfrentaron con energía a las patronales y se movilizaron para exigir distintas soluciones al gobierno que habían elegido con sinceras esperanzas. Este auge de masas favorecido por la libertad conquistada, abrió un ancho cauce para el desarrollo de las organizaciones progresistas y revolucionarias. Parti­cularmente las organizaciones armadas peronistas FAR y Montoneros evidenciaron un impetuoso crecimiento en el estudiantado y en el movimiento villero, perfilándose como la corriente interna del peronis­mo de mayor influencia de masas, e inciando actividades en el proleta­riado fabril.
La vacilación de las masas pequeño-burguesas y de su vanguardia en el período pre y post-electoral fue muy grande; impresionadas por la masiva propaganda de la burguesía, se inclinaron en general a acep­tar el "progresismo y antiimperialismo" del gobierno y a considerar que sus esfuerzos de pacificación y "reconstrucción nacional", es decir de contención de la lucha de masas, serían coronados por el éxito.
En esta situación nuestro Partido adoptó frente al nuevo gobierno una firme línea principista, resistiendo con éxito las presiones burgue­sas y pequeño-burguesas. Gracias a esa categórica y clara posición, nuestra organización quedó a los ojos de las masas como consecuen­temente revolucionaria, fiel defensora de los intereses proletarios y populares, libre de todo rasgo oportunista. Gracias a esa clara posi­ción, que denunciaba sin ambages las intenciones contrarrevolucionarias del peronismo gobernante y anticipaba con acierto los rumbos antipopulares que seguiría el nuevo gobierno, nuestro Partido con­quistó la confianza de amplios sectores de masas, aquellos a los que llegó nuestro pronunciamiento resumido en la declaración 'RESPUESTA AL PRESIDENTE CAMPORA' distribuida profusa­mente en las principales concentraciones obreras y populares. Nadan­do contra la corriente, el PRT y el ERP crecieron con consistencia y homogeneidad centrando sus esfuerzos de construcción en el prole­tariado fabril.
En oposición al crecimiento de las fuerzas populares, el ala fascista del peronismo encabezada por López Rega comenzó a desarrollar in­tensa actividad con el Ministerio de Bienestar Social como centro ope­rativo. Organizando rápidamente bandas parapoliciales, los fascistas prepararon un furibundo ataque a las fuerzas de izquierda que se con­cretó el 20 de junio en Ezeiza. El día del regreso de Perón las bandas fascistas, bajo la jefatura inmediata de Osinde, tendieron una impresio­nante emboscada a las columnas de la izquierda peronista que con­currían desprevenidas al recibimiento de su líder. Decenas de muer­tos y heridos fue el saldo de este criminal ataque, punto de partida de una ofensiva general del peronismo burocrático para desalojar a la izquierda de las posiciones conquistadas en el gobierno, en lo inme­diato, e intentar la destrucción total de las organizaciones armadas peronistas FAR y Montoneros y corrientes afines.
El paso siguiente fue el desplazamiento de Cámpora, Righi, Puig, Vázquez, de todos los funcionarios sensibles a la presión de las ma­sas, mediante el autogolpe contrarrevolucionario del 13 de julio. Si bien desde su asunción con Cámpora el gobierno peronista había mostrado una clara orientación burguesa y proimperialista, materializa­da en el pacto social y otras medidas antipopulares, a partir del 13 de julio, con el interinato de Lastiri, tomo un franco cauce derechista.
El comienzo de un formidable despliegue de las fuerzas progresis­tas y revolucionarias de nuestro pueblo, amparado en la legalidad y de­mocracia conquistadas, llenó de preocupación y temor al conjunto de la burguesía. La dirección burguesa y burocrática del peronismo, inter­pretando fielmente las inquietudes de su clase, decidió intervenir rápidamente con el auxilio y apoyo activo de toda la clase capitalista. El autogolpe del 13 de julio estuvo dirigido en consecuencia a frenar el crecimiento de las fuerzas progresistas y revolucionarias, a impedir la acumulación de fuerzas en el campo popular.
Por eso podemos afirmar categóricamente que la brusca caída de Cámpora, quien no alcanzó a estar dos meses en el gobierno, marca la crisis del intento peronista de contener la lucha popular con una política centrada en el engaño.
Desde el mismo 25 de mayo se vio que nuestro pueblo no acataría tregua alguna y que por el contrario se lanzaría con renovados bríos a defender sus intereses con la movilización y el accionar armado. La conciencia de ese fracaso llevó al peronismo burgués a cambiar su táctica y plantearse enfrentar a las masas teniendo como eje la repre­sión armada. Lastiri tomó las riendas del gobierno decidido a "hacer tronar el escarmiento", con la esperanza de golpear duro y con efica­cia. Colocó con ese fin al General Iñiguez a la cabeza de la Policía Fe­deral, ubicó en las policías provinciales a ciertos personajes como García Rey en Tucumán, y ordenó golpear sin contemplaciones, poli­cial y para-policialmente, contra todas las fuerzas progresistas y revo­lucionarias.
Esta política de fuerza mostró también su impractibilidad rápidamente. La lucha popular no sólo no cesó, sino que se intensificó y los intentos represivos fueron frenados en seco. Tal es el caso de Tucumán donde el fascista García Rey que se atrevió a detener nu­merosos compañeros para atemorizar a las masas en octubre de 1973, fue enfrentado exitosamente por la movilización popular que logró la libertad de todos los detenidos y obligó a la separación de García Rey. Esta reacción del pueblo tucumano llamó a la realidad al gobiemo peronista y lo obligó a ser más respetuoso y cuidadoso.
De todas maneras, la orientación represiva gubernamental se mantu­vo desde entonces dando origen a distintas medidas, a la promulga­ción de una nueva legislación represiva más brutal aún que la de la dic­tadura militar, al encarcelamiento ce gran cantidad de combatientes y activistas de los cuales más de un centenar sufren prisión en estos momentos en las cárceles de la burguesía; al apaleamiento y hasta el baleamiento de manifestaciones con el saldo de numerosos muertos y heridos.
Pero esta nueva política, lejos de contenerla, exacerbó la lucha de nuestro pueblo. Las manifestaciones continuaron, las huelgas con­tinuaron, las operaciones guerrilleras continuaron. Todas las amena­zas y medidas represivas que tomó el gobierno después de la nueva elección presidencial de los siete millones de votos, no lograron ate­morizar al pueblo ni detener su lucha. Inútiles fueron los discursos amenazantes, inútiles las designaciones de torturadores y asesinos como Villar y Margaride, inútiles los gigantescos operativos policiales. Las fuerzas progresistas y revolucionarias se afirmaron, se consolida­ron, aceleraron su desarrollo y dieron electivas y demoledoras respuestas en todas las formas de lucha.
No sólo en el terreno democrático el gobierno peronista tomó clara­mente una dirección antipopular. La política económica y social siguió desde el 25 de mayo una coherente línea proimperialista y promono­polista. La ley de inversiones extranjeras favorece al capital imperialis­ta; la política de exportación favorece al capital imperialista; la política de carnes favorece a los grandes ganaderos; la proyectada ley del petróleo favorece a las compañías multinacionales. Pese a que la eco­nomía de nuestra patria está dominada por el capital extranjero, este gobierno supuestamente "antiimperialista" no tomó ninguna medida para corregir esta situación.
La política internacional, en cambio, registra una notable apertura ha­cia el campo socialista y particularmente hacia la revolución cubana. Este hecho, positivo en sí, en cuanto constituye un retroceso del im­perialismo yanki y del capitalismo latinoamericano frente a la firmeza de roca del primer estado socialista de nuestro continente, no es extraño ni opuesto a una política burguesa coherente, no se sale de los mar­cos de una política burguesa.
Durante más de 10 años, el imperialismo yanki y sus socios menores -las burguesías latinoamericanas- aplicaron una feroz política de ais­lamiento a la revolución cubana. Total bloqueo comercial, ruptura de relaciones diplomáticas, fueron las armas empleadas por la contrarre­volución para aislar a Cuba de los demás pueblos latinoamericanos. Pero superando todas las dificultades el pueblo cubano, bajo la co­rrecta dirección de su Partido y del Comandante Fidel Castro, contan­do con la insustituible ayuda del campo socialista, avanzó exitosamente en la consolidación de su revolución, en la edificación del socia­lismo, demostrando en los hechos que un pueblo unido y organizado, claro en sus objetivos revolucionarios, determinado a vencer las peores dificultades, es capaz de triunfar a agresiones, bloqueos y aislamientos.
Ante la consolidación definitiva de la revolución cubana, el imperialis­mo yanqui y las burguesías latinoamericanas tienden a cambiar de línea, a suspender el bloqueo y reanudar relaciones diplomáticas. En esa nueva línea general abre el camino la burguesía argentina. En cuanto a la actitud frente a la Unión Soviética, China, y además países socialistas, no difiere sustancialmente de la que aplicaron los gobier­nos anteriores, incluida la dictadura militar.
En síntesis, la política internacional del gobierno es una política bur­guesa realista, de coexistencia pacífica, similar a la que vienen aplicando desde hace años la mayoría de los países capitalistas, que en cuan­to favorece al desarrollo del comercio es también beneficiosa para los países socialistas. Es más, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que esa política coincide con la orientación general del imperialismo yanki, que respecto a Cuba ya ha perdido las esperanzas de impedir la consolidación del socialismo en la heroica isla y tiende a conformarse con intentar neutralizar su influencia revolucionarias en el continente.
No cabe ninguna duda entonces que la política del gobierno pero­nista corresponde claramente a una estrategia contrarrevolucionaria, antipopular y antinacional tal como lo entiende nuestro pueblo que, a partir de principios de este año, dirige ya con decisión su lucha contra la política gubernamental.
Este carácter reaccionario y represivo del gobierno peronista se ha acentuado a partir de la consolidación del ala fascista de López Rega. Sin diferenciarse en la política económica, coexistían en el gobierno dos alas que después de la muerte de Perón intentaron desplazarse mutuamente. Por un lado el ala fascista encabezada por López Rega que impulsa un proyecto político de basar la “reconstrucción nacional” en un estado policial.
López Rega, admirador confeso de Hitler, Mussolini y Franco, opina que la única forma de salvar al capitalismo argentino es aplastando mili­tarmente a las fuerzas revolucionarias y estableciendo un sistema ma­sivo de control policial y represión que impida cualquier resurgimiento de luchas populares y actividades revolucionarias.
Por otro lado el ala Gelbard, prefería luchar contra las fuerzas revolu­cionarias con habilidad, intentando el aislamiento político de la guerrilla y el sindicalismo clasista y las demás fuerzas consecuentemente cla­sistas y revolucionarias. La línea Gelbard tendía a ampliar la base social del gobierno incorporando más activamente al radicalismo, al reformis­mo, particularmente al Partido Comunista e incluso a Montoneros, ser­virse de ellos para contener la lucha de masas y lograr la ansiada estabilidad política que haga posible serios intentos de recuperación capitalista.
Ambos proyectos son irrealizables a corto y mediano plazo. La lucha de clases argentina se agudiza día a día y se encamina a grandes choques de clase, a una situación revolucionaria. El proletariado y el pueblo han iniciado en 1969 un proceso de guerra revolucionaria en respuesta a la explotación y a la opresión burguesa y ese proceso no se detendrá a corto ni mediano plazo.
El plan fascistoide de López Rega, que finalmente se impuso y se está aplicando, es irrealizable porque la fuerza del movimiento de ma­sas no admite hoy día ninguna posibilidad de establecer con éxito un gobierno policial. El plan de Gelbard -quien capituló ante López Rega y abandonó a sus aliados- era también irrealizable porque gra­cias a las recientes experiencias y al peso adquirido por la vanguardia revolucionaria no hay posibilidades ahora que nuestro pueblo pueda ser engañado.

PROMESAS VERSUS REALIDADES
Al votar masivamente por el peronismo en las elecciones del 11 de marzo y del 23 de setiembre, el pueblo argentino votó por un progra­ma progresista estructurado en torno a la consigna “Liberación o Dependencia” caballito de batalla de la campaña electoral del FREJULI. Es así que nuestro pueblo esperaba que el gobierno pero­nista emprendiera un camino de soluciones antimperialistas y revolu­cionarias y esperaba una actitud firme ante los odiados militares, de quienes se descontaba su oposición a cualquier medida progresista. Es así que desde el mismo 25 de mayo el pueblo argentino se moviliza enérgicamente contra los militares, por la liberación de los comba­tientes, contra las empresas y la burocracia sindical.
Todas las esperanzas de los argentinos fueron defraudadas progre­sivamente en corto tiempo. Las primeras definiciones y medidas gu­bernamentales mostraron que los imperialistas no serían tocados. Y a partir del 20 de junio fue evidente que el gobierno haría todo lo posi­ble por destruir las fuerzas revolucionarias de nuestro pueblo.
No podría ser de otra manera ya que se trata de un gobierno bur­gués, dispuesto a defender incondicionalmente los intereses del conjunto de la burguesía.
Un gobierno que no sólo debe evitar cualquier daño al gran capital, en primer lugar al gran capital extranjero, sino que tiene como misión proporcionar condiciones para aumentar !as ganancias capitalistas. Toda su verborragia "popular", todas sus promesas "antiimperialistas" fueron y son en relidad cínicas mentiras para engañar a las masas.
Esta nueva experiencia nos enseña que no debemos esperar que los representantes de las clases explotadoras solucionen los proble­mas del pueblo. Naturalmente que como políticos prometerán cual­quier cosa y disfrazarán sus verdaderas intenciones, incluso de pala­bra pueden pronunciarse contra el capitalismo y por el socialismo, pero serán siempre fieles a su clase, estarán controlados por ella y harán lo imposible para mantener y consolidar su predominio y sus ganancias.
Aún en el supuesto que un determinado dirigente burgués, ponga­mos por ejemplo un alto dirigente peronista o radical, o un militar de alta graduación se convenciera sinceramente pasándose a la causa popular (lo que es muy pero muy difícil por no decir imposible), ese dirigente se vería imposibilitado de concretar ninguna solución porque inmediatamente sería enfrentado y desplazado por su propio partido, por los militares, por su propia clase.
Las soluciones a los problemas del pueblo y de la patria, que son so­luciones profundamente revolucionarias, sólo pueden provenir de un nuevo poder obrero y popular revolucionario, que gobierne sin atadu­ras, sin otro control que el de la masa del pueblo y sus organizaciones revolucionarias, que se apoye en la movilización popular y realice sin dilaciones los profundos cambios que la Argentina necesita.

REFORMISMO Y POPULISMO
La lucha por el poder obrero y popular, por el socialismo y la libera­ción nacional, es inseparable de la lucha contra el populismo y el refor­mismo, graves enfermedades políticas e ideológicas existentes en el seno del campo popular. El populismo es una concepción de origen burgués que desconoce en los hechos la diversidad de clases so­ciales; unifica la clase obrera, el campesinado pobre y mediano, la pequeña burguesía y la burguesía nacional media y grande bajo la denominación común de pueblo. Al no diferenciar con exactitud el rol y posibilidades de estas diversas clases, tiende constantemente a rela­cionarse, con prioridad, con la burguesía nacional y a alentar ilusorias esperanzas en sus líderes económicos, políticos y militares, incluso en aquellos como Gelbard, Carcagno o Anaya, íntimamente aliados a los imperialistas norteamericanos. La corriente popular más importante gravemente infectada con la enfermedad populista, es Montoneros. Su heroica trayectoria de lucha antidictatorial se ha visto empañada por la confianza en el peronismo burgués y burocrático, que ha causado grave daño al desarrollo de las fuerzas progresistas y revolucionarias en nuestra patria.
Con el profundo y sincero aprecio que sentimos por esa organiza­ción cimentado por la sangre de nuestros héroes comunes que se entremezcíara en Trelew, pensamos que es obligación de todo revo­lucionano dar con franqueza la lucha ideológica, reflexionar en conjun­to sobre la experiencia de su apoyo a Perón y al peronismo burgués y combatir las latentes expectativas en Carcagno, Gelbard u otros líderes de las clases enemigas.
A partir de su inevitable ruptura con el peronismo burgués y bu­rocrático que ha comenzado a concretarse definitivamente en las últimas semanas, Montoneros tiende y tenderá cada vez más a retomar lazos con las organizaciones progresistas y revolucionarias, entre ellas con nuestro Partido. Tiende y tenderá cada vez más a reintegrarse a su puesto de combate, a enfrentar con las armas en la mano al gobier­no y las fuerzas policiales y militares de la burguesía y el imperialismo. Pero ello no implica un cambio de fondo en la concepción populista. De ahí que al mismo tiempo que saludamos la nueva orientación Mon­tonera, estamos convencidos de la necesidad imperiosa de combatir intensamente la enfermedad ideológica y política llamada populismo, para exterminarla definitivamente del campo popular, principalmente Montoneros, la más afectada por esa terrible enfermedad burguesa.
Cuando a principios de 1973 la dirección de FAR caracterizó entu­siasmada al Gral. Perón como líder revolucionario y calculó que el go­bierno peronista -denominado por ellos gobierno popular- llevaría adelante una política consecuentemente antimperialísta y pro-socialista, nuestra organización planteó a estos compañeros:
"Estamos en presencia de un claro plan del enemigo consistente en el acuerdo entre la Dictadura Militar y los políticos burgueses, con el objeto de salvar al capitalismo, detener el proceso revolucionado en marcha. Para ello, el conjunto de la burguesía pretende volver al régi­men parlamentario y de esa manera ampliar considerablemente la base social de su dominación, reducida estrictamente a las FF.AA. durante el Onganiato, aislar a la vanguardia clasista y a la guerrilla para intentar su aplastamiento militar. La ambición de la burguesía es detener y des­viar a las fuerzas revolucionarias y progresistas en su avance, y llegar a una estabilización paralela del capitalismo argentino. Este plan es irrealizable a corto y mediano plazo porque la crisis económico-social; así como la potencia actual de las fuerzas revolucionarias progresistas, lo impedirán. Sin embargo, el plan enemigo pese a su elementalidad en­cierra ciertos peligros, fundamentalmente el que motiva la presente carta, debido, pensamos, a la juventud, debilidad política e inexperien­cia de sectores de la vanguardia revolucionarias.
"...el éxito fundamental que ha comenzado a lograr y que debemos enfrentar con todas nuestras fuerzas, es poner una cuña en las organizaciones armadas, comenzar a tener una influencia cierta en las organizaciones armadas peronistas y en sectores de la juventud peronista, dirigida a detener y desviar su accionar a partir de la consu­mación de la farsa electoral".
"Analizando vuestra evolución como organización revolucionaria, basados en el conocimiento surgido de la actividad en común, pensa­mos que vuestra actitud tiene un significado profundo y que encierra serios peligros para el desarrolla futuro de las fuerzas revolucionarias en nuestro país. Pensamos que la negativa a firmar con nosotros es una concesión de Uds. a las presiones macartistas y derechistas del peronismo burgués, y que es una cara de la moneda que tiene como reverso vuestro apoyo incondicional y activo a los políticas burgueses del peronismo y del integracionismo, a los Cámpara, Solano Lima, Sil­vestre Begni, etc."
"Esto es motivo de honda preocupación para nosotros, no sólo por las trabas que coloca en el desarrolla político militar homogéneo de las organizaciones armadas, los avances hacia la unidad, sino porque muestra a Uds. en una vacilación inexplicable, ante la posibilidad de suspender las operaciones militares a partir de la instauración del nue­vo gobierna parlamentario que planea darse la burguesía ".(5)
Lamentablemente, estas sanas y justas observaciones no fueron escuchadas y la política de FAR-Montoneros se tiñó de apoyo al go­bierno contrarrevolucionario y antipopular y de una línea general divi­sionista en el seno del pueblo, tendiente al irrealizable propósito de aislar a nuestra organización.
Si recordamos hoy esto es porque el enemigo presentará en el futu­ro una nueva engañifa, posiblemente de tipo peruanista, con Carca­gno a la cabeza, por ejemplo, y levantando el programa del FREJULI o quizás otro mucho más radicalizado. Para eludir esa nueva trampa, para rechazar sin vacilación esa nueva patraña, ese nuevo canto del cisne, es imprescindible comprender el error cometido ante el GAN, rectificar esa línea proburguesa, erradicar la enfermedad del populismo.
El reformismo a su vez reniega en los hechos de la vía revolucionaria para la toma del poder, no tiene fe en la victoria de la revolución socialista, desconfía de la capacidad revolucionaria de las masas, y busca en consecuencia avanzar en la obtención de ciertas mejoras por la llama­da vía pacífica, consiguiendo progresivamente que tal o cual sector burgués que denominan "progresista", acepte concesiones a las ma­sas, el electivo ejercicio de las libertades democráticas, algunas mejo­ras en el nivel de vida del pueblo, etc. Pero como enseña el marxismo­leninismo y la experiencia práctica, las libertades y las reivindicaciones hay que arrancárselas a Ja burguesía con enérgicas luchas.
El Partido Comunista, que es la organización popular más destacada por la enfermedad reformista, roído por ella, desde muchos años atrás, fue inconsecuente y timorato en el período de la lucha antidictatorial, y aunque no adoptó una actitud negativa en los primeros meses del gobierno peronista, abriéndose a una acercamiento con las fuerzas revolucionarias, a partir del 12 de junio, cayó en la capitulación total vol­cando todo su peso en apoyo del ala Gelbard del gobierno y dando la espalda simétricamente a las fuerzas revolucionarias y a la lucha popu­lar en general. El pacifismo, el temor a la justa violencia revolucionaria, la desconfianza en la potencialidad y capacidad de la lucha de masas, la capitulación ante los líderes burgueses, el cretinismo parlementario, son las formas de manifestación de la perniciosa enfermedad del reformismo que caracteriza en general la actividad del Partido Comunista, y la política de su dirección, que los lleva en determinados momentos a atacar a las fuerzas y actividades revolucionarias sumándose al coro contrarrevolucionario de la burguesía. En la ineludible lucha ideológica contra el cáncer del reformismo, que afecta al Partido Comunista, no debemos olvidar en ningún momento que todos nuestros esfuerzos deben estar orientados a acercar a estos compañeros a las filas revolu­cionarias, que se trata de una organización popular compuesta por excelentes compañeros, sinceros luchadores socialistas, que pueden y deben ser librados de la enfermedad reformista.
La elevación del nivel de conciencia de la vanguardia proletaria y una constante prédica clarificadora entre las más amplias masas armarán al proletariado y al pueblo política e ideológicamente para combatir y ma­tar las enfermedades populistas y reformistas, erradicarlas definitiva­mente del campo popular, y curar a las organizaciones y compañeros afectados por ellas recuperándolas íntegramente para la causa obrera y popular, la causa de la liberación nacional y el socialismo, la causa de la guerra popular revolucionaria.

SITUACION REVOLUCIONARIA Y DOBLE PODER
Las tendencias de la lucha de clases argentina que se venían mar­cando cada vez más nítidamente apuntando hacia el fin del proyecto populista, y el comienzo de un período de grandes enfrentamientos de clase, han comenzado a cristalizar a partir del mes de julio de 1974. Perón, líder de masas, pese a su intransigente defensa de los intere­ses capitalistas, conservaba aún alguna influencia sobre sectores de nuestro pueblo. Poseía autoridad, experiencia y habilidad para man­tener a flote el desvencijado barco del sistema capitalista en el tormen­toso mar de la lucha obrera y popular, y había logrado restablecer tra­bajosa y precariamente el equilibrio con la maniobra táctica del 12 de junio. Por eso es que su muerte colocó a la burguesía ante la necesi­dad de adoptar de inmediato definiciones políticas -que explotadores y opresores deseaban postergar aún por unos meses- con la consiguiente agudización de la crisis interburguesa.
Este fenómeno, un notable impulso del auge de las masas, y un for­talecimiento acelerado de las fuerzas revolucionarias, políticas y mili­tares, se combinan para configurar el inicio de una etapa de grandes choques de clases, antesala de la apertura de una situación revolu­cionaria en nuestra Patria. En otras palabras, entramos en un período de grandes luchas a partir del cual comienza a plantearse en la Argenti­na la posibilidad del triunfo de la revolución nacional y social, la posibili­dad de disputar victoriosamente el poder a la burguesía y al impe­rialismo.
Pero apertura de una situación revolucionaria, o lo que es lo mismo, la existencia de condiciones que hacen posible el derrocamiento del capitalismo y el surgimiento del nuevo poder obrero y popular socialis­ta, que librará definitivamente a nuestra patria del yugo imperialista y traerá la felicidad a nuestro pueblo trabajador, no quiere decir que ello pueda concretarse de inmediato. Necesariamente se deberá atravesar un período de duras y profundas movilizaciones revolucionarias, de constantes combates armados y no armados, de incesantes avances de las fuerzas revolucionarias, de movilización y efectivo empleo de la mayor parte de los inmensos recursos y potencialidades de nuestro pueblo trabajador. Ese período -que debe contarse en años- será mayor o menor en dependencia de la decisión, firmeza, espíritu de sacrificio y habilidad táctica de la clase obrera y el pueblo, del grado de resistencia de las fuerzas contrarrevolucionarias, y fundamentalmente del temple, la fuerza y capacidad del Partido proletario dirigente de la lucha revolucionaria.
Prepararnos para resolver correctamente los difíciles problemas que han de plantearse en la situación revolucionaria que se aproxima, con­siste en analizar objetivamente las características de nuestro país, la experiencia de nuestro pueblo, la dinámica de la lucha de masas, y en esforzarnos por conocer al máximo la experiencia internacional, es decir, la forma en que otros pueblos encararon y resolvieron cues­tiones similares a las que se nos presentarán.
Configurada una situación revolucionaria, de acuerdo a las enseñanzas marxistasleninistas, comienza a plantearse en forma con­creta, inmediata, el problema del poder, la posibilidad de que el prole­tariado y el pueblo derroquen a la burguesía proimperialista y establez­can un nuevo poder revolucionario obrero y popular. El momento en que la toma del poder puede ya materializarse es denominada por el marxismo-leninismo crisis revolucionaria, que es la culminación de la situación revolucionaria, el momento del estallido final, momento que debe ser cuidadosamente analizado por el Partido Proletario para lanzar la insurrección armada con las máximas posibilidades de triunfo. Pero entre el inicio de una situación revolucionaria y su culminación en crisis revolucionaria, media un período que puede ser más corto o más largo en dependencia de las características concretas del país. En la URSS la situación revolucionaria se inició en febrero de 1917 y la crisis revolucionaria se presentó en octubre del mismo año.
En España, la situación revolucionaria se inició en mayo de 1931 y se prolongó durante 8 años en forma de guerra civil abierta hasta la derrota de las fuerzas revolucionarias. En Vietnam se abrió en noviem­bre de 1940 y culminó con la toma del poder en agosto de 1945. Los ritmos y plazos del desarrollo de la situación revolucionaria están deter­minados por distintos factores concretos que hacen al grado de descomposición de la burguesía y al poderío de las fuerzas del pue­blo, ocupando un lugar destacado el papel del partido revolucionario.
En el curso de la situación revolucionaria nace y se desarrolla el po­der dual, es decir que la disputa por el poder se manifiesta primero en el surgimiento de órganos y formas de poder revolucionario a nivel lo­cal y nacional, que coexisten en oposición con el poder burgués. Una forma típica de órganos de poder dual fueron los soviets o consejos obreros y populares que se organizaron durante la Revolución Rusa, consistentes en Asambleas permanentes de delegados obreros, sol­dados y otros sectores populares, que asumían responsabilidades gu­bernamentales, en general opuestas a las intenciones del gobierno burgués. De esta forma las fuerzas revolucionarias se van organizando y preparando para la insurrección armada, para la batalla final por el poder para establecer después del derrocamiento de la burguesía un nuevo poder obrero y popular.
Las experiencias de distintas revoluciones, principalmente en China y Vietnam, han ampliado el concepto de poder dual y de insurrección, demostrando que una forma de desarrollo del doble poder puede darse con insurrecciones parciales, es decir, con levantamientos arma­dos locales que establezcan el poder revolucionario en una región o provincia, las denominadas zonas liberadas. De acuerdo a estas expe­riencias, el proceso de desarrollo del doble poder en una situación revolucionaria, inseparable del desarrollo de las fuerzas armadas popu­lares, puede surgir como zonas de guerrilla o zonas en disputa para pasar después a bases de apoyo o zonas completamente liberadas y extenderse nacionalmente hasta el momento de la insurrección general.
El desarrollo del poder dual está en todos los casos íntimamente uni­do al desarrollo de las fuerzas militares del proletariado y el pueblo, porque no puede subsistir sin fuerza material que lo respalde, sin un ejército revolucionario capaz de rechazar el ataque de las luerzas armadas contrarrevolucionarias.
Naturalmente que estas fundamentales orientaciones del marxismo­leninismo que iluminan con poderosa luz nuestro camino, no debe ser tomado como esquema simplista. Es simplemente un poderoso arse­nal teórico resultado de decenas de años de experiencias, que debe­mos tener como punto de referencia para la formulación de nuestra línea, sin olvidar que cada revolución tiene sus particularidades y que el marxismo-leninismo cobra vida y utilidad cuando es aplicado crea­doramente a la situación concreta de un proceso revolucionario deter­minado.
El poder dual puede desarrollarse en el presente en nuestra patria tanto en la ciudad como en el campo, siempre sobre la base de una fuerza militar capaz de respaldar la movilización revolucionaria, y merced al despliegue multilateral de todas las potencialidades de nuestro pueblo, lo que significa necesariamente la dirección del Parti­do marxista-leninista proletario.
Estamos frente a un enemigo relativamente fuerte, que cae en la impotencia ante la generalización de la movilización; un enemigo hábil, bien armado y entrenado; un enemigo relativamente disperso que adquiere fuerza cuando puede concentrarse; un enemigo brutal y sanguinario; un enemigo cuya fuerza principal, las FF.AA. contrarrevo­lucionarias, tiene el talón de aquiles del servicio militar obligatorio, que hace posible un rápido y demoledor trabajo político en la masa de sol­dados; un enemigo políticamente débil, con serias disensiones inter­nas y enmascarado aún en la "legalidad" parlamentaria.
Contamos con un poderoso y combativo movimiento de masas ver­tebrado por el proletariado industrial, extendido en todo el país, con experiencia de lucha; contamos con una amplísima vanguardia prole­taria inclinada hacia la revolución, ávida de ideas socialistas y deseosa de contar con una sólida organización revolucionaria; contamos con un estudiantado combativo y un campesinado pobre dispuesto a lu­char; contamos con fuerzas guerrilleras urbanas y rurales, aún pequeñas pero bien organizadas y relativamente fogueadas; conta­mos con numerosas y extensas organizaciones de masas que englo­ban a la mayor parte de los trabajadores del país; contamos finalmente con un aguerrido partido revolucionario que crece y se consolida dia­riamente, aunque aún está limitado por distintos déficits, fundamental­mente su debilidad numérica y su limitada vinculación con las masas proletarias y trabajadoras en general.
A partir del Cordobazo y basándose en experiencias anteriores me­nores, nuestro pueblo tiende a insurreccionarse localmente, tiende a movilizarse aquí y allá, tomar sectores de ciudades y poblaciones, erigir barricadas y adueñarse momentáneamente de la situación rebasando las policías locales y provinciales.
Por eso podemos afirmar que en Argentina, en un período inicial, el doble poder ha de desarrollarse en forma desigual en distintos puntos del país, es decir que han de surgir localmente formas y órganos de poder obrero y popular, permanentes y transitorios, coexistiendo con el poder capitalista, enfrentándolo constantemente bajo el formidable impulso de la movilización de masas.

FORMAS DEL PODER LOCAL
El problema práctico que nuestro pueblo debe resolver a partir de la nueva situación, es lograr paso a paso la acumulación de fuerzas nece­sarias para la lucha final por el poder estatal que debemos arrancar de manos de la burguesía. Esa fundamental cuestión se resolverá en la situación revolucionaria que comenzamos a vivir, con el desarrollo del poder dual, tanto en su forma general de oponerse a ciertos planes del gobierno burgués e imponer las soluciones obreras y populares a determinadas situaciones en base a enérgicas movilizaciones de ma­sas, llegando de esa manera a la constitución transitoria de órganos de poder a nivel general, como en su forma de poder local, manifestación principal del poder dual, en todo el próximo período, punto de partida sólido para una gigantesca acumulación de fuerzas revolucionarias.
La lucha popular es desigual. Se desarrolla parcialmente, en un lugar de una manera, en otro de otra; en un lugar en un momento, en otro en otro momento. Necesitamos que todas esas luchas que se dan en distinto tiempo y lugar y con una fuerza y alcances diferentes, den siempre por resultado un aumento de la fuerza de todo el pueblo, que se vayan acumulando, hasta el momento que sea oportuno lanzar el ataque final, en todo el país y con todas las fuerzas disponibles, para llevar al triunfo la insurrección armada obrera y popular.
Pongamos un ejemplo: En una fábrica grande se inicia una lucha reivindicativa o antiburocrática, que enseguida choca no sólo con la empresa y la burocracia sindical, sino también con la policía, con el Mi­nisterio de Trabajo, en una palabra con el gobiemo burgués y sus fuerzas represivas. El sindicato o comisión interna que dirige la lucha moviliza a todos los trabajadores, gana un primer conflicto y amplía su fuerza. Si esa lucha se mantiene ahí, inevitablemente tenderá a debilitarse porque como es aislada, el enemigo puede combatirla paciente­mente. Después de un tiempo, en el curso del cual se dan nuevas movilizaciones, la "santa alianza" enemiga (empresa, burocracia, fuer­zas represivas y gobierno) lanza su contraofensiva y muchas veces la vanguardia obrera, influída por el espontaneísmo, el populismo, el re­formismo, o simplemente por falta de orientación política, es derrotada por no animarse a luchar, a veces, o por dar una batalla desesperada. En cambio, actuando correctamente, en el caso que damos como ejemplo hipotético, el sindicato o Comisión Interna clasista, al hacer conciencia de la situación revolucionaria que vivimos, comprenderá que el eje de sus esfuerzos debe dirigirse a acumular fuerzas. De esa manera, ante el primer triunfo, se preocupará inmediatamente para to­mar los demás problemas de la población, acercarse a las organiza­ciones villeras y barriales, a otros sindicatos y comisiones internas, y fundamentalmente participará y alentará a los activistas a participar en la construcción de las fuerzas revolucionarias, las células del PRT, las unidades del ERP, el Frente Antumperialista.
Ello ha de llevar enseguida al surgimiento de formas de poder local, a encarar la solución soberana de los distintos problemas de las masas locales. Avanzar hacia el desarrollo del poder local, primero enmascara­do y después abierto, como veremos enseguida, es el paso que media entre la lucha parcial de masas y la insurrección general, paso que es necesario dar desde ahora en todos los lugares en que sea posible.
Constituir órganos abiertos de poder local no puede ser un hecho aislado ni espontáneo. El enemigo en cuanto tenga conocimiento de que en un barrio, en una localidad o una ciudad el pueblo se ha organi­zado por sí solo y comienza a resolver a su manera los problemas de la producción, de la salud, de la educación, de la seguridad pública, etc., lanzará con furor todas las fuerzas armadas de que pueda disponer con la salvaje intención de ahogar en sangre ese intento de sobe­ranía. Por ello el surgimiento del poder local debe ser resultado de un proceso general, nacional, donde aquí y allá, en el norte y en el sur, en el este y en el oeste, comiencen a constituirse organismos de poder popular, comiencen las masas a tomar la responsabilidad de gobemar su zona. Esa multiplicidad y extensión del poder local dificultará grandemente las posibilidades represivas y hará viable que unidades guerrilleras locales de pequeña y mediana envergadura defiendan exitosamente el nuevo poder.
La movilización de las masas apunta en nuestro país en esa direc­ción. La actividad conciente de los revolucionarios hará posible que el proceso de surgimiento y desarrollo del poder local, punto de partida para disputar nacionalmente el poder a la burguesía proimperialista, evolucione armónicamente, exit

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