lunes, 28 de febrero de 2005
Por nortinorebelde a las 9:21
CENTROIZQUIERDA, NACIONALISMO Y
SOCIALISMO
Claudio Katz
RESUMEN
El ascenso de varios gobiernos de centroizquierda refleja el fracaso
económico, el
retroceso político y el rechazo popular al neoliberalismo. Pero cada proceso
expresa
realidades distintas. Lula asumió sin fisuras institucionales en un marco de
recesión y
desmovilización social. Kirchner arribó al concluir el descalabro político
creado por
una depresión rodeada de sublevaciones. Tabaré sigue el modelo político del
PT en un
cuadro económico semejante a la Argentina y ensayos similares enfrentan en
Bolivia
con la amenaza de balcanización.
El nacionalismo de Chavez es sustancialmente distinto porque se apoya en la
ventaja
petrolera para desplazar a los viejos partidos, hacer reformas y confrontar
con la
derecha. Además, estrecha relaciones con Cuba y encabeza una fuerte
polarización
político-social. Su proyecto del ALBA no es compartido por la
centroizquierda,
porque las clases dominantes de cada país tienen mayores negocios con las
metrópolis
que con sus vecinos. La constitución de Petrosur choca con la privatización
del
petróleo en el Cono Sur y al Bansur le falta un club de deudores.
Es incorrecto considerar que Lula y Kirchner encabezan “gobiernos en
disputa”.
Arbitran entre grupos capitalistas con modelos de ortodoxia socio-liberal o
heterodoxia excluyente en desmedro de los intereses populares. Tanto el PT
como el
peronismo han perdido su originalidad contestataria. En Venezuela la
disyuntiva es
radicalizar o congelar el proceso bolivariano.
Ciertos enfoques sugieren que el imperialismo norteamericano es invencible e
ignoran que su hegemonía no es un dato nuevo para la región. Tampoco
registran los
efectos contradictorios de la desaparición de la URSS y tienden a evaluar la
correlación de fuerzas considerando más las relaciones entre los gobiernos
que la
lucha social.
La izquierda puede retomar el legado de los 70 si reconstituye su proyecto
socialista.
Las dificultades no derivan de la adversidad externa sino de las políticas
implementadas en cada país. Es vital comprender porqué los proyectos de
capitalismo
regional autónomo son menos viables que en el pasado. La batalla por
conquistas a
escala local debe formar parte de una propuesta antiimperialista radical.
1
CENTROIZQUIERDA, NACIONALISMO Y SOCIALISMO
Claudio Katz1
Los nuevos gobiernos de Sudamérica comparten la crítica al neoliberalismo,
cuestionan las privatizaciones descontroladas, la apertura excesiva y la
desigualdad
social. También proponen erigir formas de capitalismo más productivas y
autónomas
con mayores regulaciones del estado. Pero su llegada ha creado dos
interrogantes:
¿Conforman un bloque común? ¿Facilitarán el acceso del pueblo al poder?
LOS FRACASOS DEL NEOLIBERALISMO.
Lula y Kirchner llegan al gobierno porque el neoliberalismo no logró
revertir el
retroceso de Latinoamérica en el mercado mundial. Esta pérdida de posiciones
se
verifica en el estancamiento de la inversión y del PBI per capita y es muy
visible en
comparación a China o el Sudeste Asiático.
Los ciclos de prosperidad continúan sujetos a la afluencia de capitales
financieros y
a los precios de las exportaciones. Por eso los beneficios que obtuvieron
los
capitalistas durante los 90 fueron inestables. Además, la reducción de los
costos
salariales no compensó el estrechamiento de los mercados internos y la caída
del poder
adquisitivo afectó la acumulación.
También la apertura deterioró la competitividad y agravó las desventajas de
los
empresarios latinoamericanos frente a sus concurrentes. Muchos capitalistas
lucraron
con el endeudamiento público, pero el descontrol de este pasivo ha reducido
la
autonomía de la política fiscal o monetaria requerida para contrarrestar las
fases
recesivas.
El neoliberalismo no doblegó la lucha social. Las clases dominantes no
lograron
victorias comparables a las obtenidas en décadas anteriores. Al contrario
han
enfrentado sublevaciones que condujeron al derrocamiento de varios
presidentes del
área Andina y el Cono Sur.
La acción directa en el agro (Perú), la irrupción indigenista (Ecuador), la
presión
callejera (Argentina), el clima insurrecional (Bolivia), las ocupaciones de
tierra
(Brasil), el despertar político (Uruguay), las movilizaciones
antiimperialistas (Chile) y
las batallas contra el golpismo (Venezuela) jalonaron el nuevo ciclo de
rebeldía que
prevalece en la región.
Las clases dominantes han perdido la confianza que exhibieron en los 90 y
sus
principales exponentes se han retirado del escenario (Menen, Fujimori,
Salinas, C.A.
Perez, Lozada). Junto a ellos se desmoronó la identificación neoliberal de
la
corrupción con el estatismo. La continuada malversación de fondos públicos
durante
1Economista, profesor de la UBA, investigador del Conicet. Miembro del EDI
(Economistas
de Izquierda). Su página Web es: www.netforsys.com/claudiokatz
2
la última década confirmó que la corrupción es un rasgo de todos las
regímenes que
intermedian en los grandes de los negocios capitalistas.
El neoliberalismo ha perdido en América Latina el impulso que parece
recobrar en
Europa. En ambas regiones arremetió primero el thatcherismo y luego el
socialliberalismo.
Pero los efectos de la desregulación comercial y la flexibilización laboral
han sido diferentes en un polo central y una zona periférica de la economía
mundial.
El mismo atropello a las conquistas populares que en Europa provocó pérdidas
de
conquistas sociales, en Latinoamérica precipitó catástrofes de gran
envergadura. Por
eso la intensidad de la reacción popular ha sido también superior en una
región de
economías muy vulnerables y sistemas políticos muy inestables.
CARACTERIZACIÓN Y COMPORTAMIENTOS.
Con Lula y Kirchner cambia el marco político del régimen que desde hace
décadas
manejan las clases dominantes. Los empresarios y banqueros que lucraron con
la
desregulación ahora acompañan el giro intervencionista. Especialmente los
sectores
más afectados por el fracaso de los 90 buscan acaparar los subsidios y
frenar la
concurrencia foránea.
La alianza dominante de financistas, industriales y agroexportadores que
maneja el
poder ya no conforma la clásica burguesía nacional de los años 60.
Reforzaron su
integración al circuito financiero internacional (como tomadores de crédito
y
acreedores de los estados), consolidaron su perfil exportador en desmedro de
los
mercados internos y manejan fuertes inversiones fuera de sus países.
Pero esta mayor transnacionalización no ha extinguido sus raíces locales. Al
preservar sus principales actividades en la zona, las clases dominantes
sudamericanas
se mantienen como sector diferenciado y rival de las corporaciones
extra-regionales.
Conforman el principal cimiento de los nuevos gobiernos y orientan el
comportamiento crecientemente conservador de sus funcionarios.
Lula y Kirchner evitan la demagogia populista y eluden conflictos con el
Departamento de Estado, porque sintonizan con los grandes capitalistas de la
región.
Esta cautela explica porqué negocian los mandatos de la OMC y las versiones
aligeradas del ALCA, renunciando a gestar un real bloque aduanero.
Implementan el
ajuste fiscal, cumplen con las existencias del FMI y descartan un frente de
deudores.
Los nuevos presidentes se han negado a participar en la ocupación
imperialista de
Irak, pero muy pocos mandatarios del mundo acompañan a Bush en esta cruzada.
En
cambio han enviado las tropas a Haití que el Pentágono necesitaba para
liberar
efectivos del Caribe y afrontar la guerra en el mundo árabe. Lula, Kirchner
y Tabaré
colaboran con la formación de un gobierno títere que legitime el golpe
contra Aristide,
regule el tráfico de drogas y controle la emigración masiva hacia Miami. Qué
las
tropas latinoamericanas actúen bajo el disfraz de la ONU no modifica el
servicio que
prestan a los Estados Unidos. Una contribución humanitaria no requería
gendarmes,
sino campañas de solidaridad e iniciativas para anular la deuda de ese
empobrecido
país.
3
Los gobiernos de centroizquierda desarrollan un trabajo de ablande de los
movimientos rebeldes en la región. Este papel cumplieron los emisarios de
Lula y
Kirchner durante la debacle boliviana del 2003. Intervinieron en pleno
alzamiento
popular para favorecer la constitución delgobierno continuista que asegura
la
privatización del petróleo. Otros presidentes de origen progresista han
cumplido esta
labor reaccionaria sin necesidad de ayuda externa. Es el caso de Guitierrez,
en
Ecuador, que prometió soberanía y gobierna con represión y privatizaciones.
BRASIL Y ARGENTINA.
Los nuevos presidentes emergieron en diferentes condiciones. Lula asumió en
la
fase final de una crisis económica que acentuó la desigualdad urbana y la
miseria rural
que padece Brasil. Kirchner llegó al gobierno cuándo culminaba la mayor
depresión
de la historia argentina. Este desplome incluyó el desmoronamiento del
sistema
financiero, la confiscación de los depósitos y un nivel de pobreza, hambre y
desempleo nunca vistos.
Lula se ha ganado los elogios de Wall Street porque mantiene el modelo
neoliberal
de F.H.Cardoso. Recurre a los mismos argumentos que su antecesor (“ganar la
confianza de los mercados para atraer inversiones”) para reforzar las
atribuciones de
los financistas que manejan el Banco Central. También asegura los beneficios
de los
banqueros con un inédito superávit fiscal del 4,5% del PBI y la tasa de
interés más
elevada de las últimas dos décadas. Con estos mecanismos garantiza pagos a
los
acreedores que duplican los gastos sociales.
Kirchner evitó este continuismo puro porque debió reconstituir el maltrecho
circuito
de la acumulación. Adoptó políticas más heterodoxas para recomponer los
beneficios
de todos los capitalistas, orientando la distribución de las pérdidas.
Aprovechó el
rebote del ciclo económico para combinar el ajuste fiscal con múltiples
subvenciones
y reestableció el equilibrio entre los grupos ganadores (bancos y
privatizadoras) y
perdedores (exportadores, industriales) de la convertibilidad.
Como afrontó un colapso muy superior al registrado en Brasil, Kirchner debió
seleccionar acreedores privilegiados y penalizados, dispuso compensaciones y
puniciones financieras y ahora negocia tarifas y regulaciones con las
compañías
privatizadas. Se ha embarcado en un proceso de reconstitución del capital
que Lula
pudo soslayar. Pero ambos gobiernos defienden la rentabilidad empresaria a
costa de
los trabajadores.
El presidente brasileño ya impuso una reforma previsional regresiva,
mantiene
paralizada la reforma agraria y acentúa el deterioro del salario real. Su
partido frena la
lucha de los sindicatos y logró reducir el nivel de movilización popular. En
cambio
Kirchner enfrenta un panorama social mucho más complejo, porque asumió en un
clima de rebelión popular. Ha buscado desactivar la protesta mediante la
cooptación
(conversión de luchadores en funcionarios), el desgaste (hostilidad
mediática y
aislamiento de sectores más combativos) y la criminalización (decenas de
presos,
miles de procesados).
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Kirchner logró diluir el ímpetu de las cacerolas y los piquetes, pero no
eliminar la
presencia de las movilizaciones como telón de fondo de la política
argentina.
Desarrolla una gestión conservadora, pero disimula mucho más que su colega
brasileño los nexos de continuidad con el pasado neoliberal.
Mientras que el ascenso de Lula se consumó sin fisuras institucionales,
Kirchner
llegó sorpresivamente a la presidencia al cabo de una tormentosa secuencia
de
renuncias y mandatos improvisados. Lo que en Brasil fue un recambio
gubernamental
sin sobresaltos, en Argentina ha sido un delicado operativo de restauración
de la
credibilidad del estado frente al masivo cuestionamiento del régimen
político (“que se
vayan todos”)
Lula está coronando la transformación del PT en un partido clásico del
sistema
burgués. Se desprendió de su pasado izquierdista e incorporó a esa
organización a la
alternancia bipartidista. Financia con la prebendas a un ejército de
funcionarios que
convalidó la expulsión de los diputados opuestos a la reforma provisional.
Esta misma transformación de un movimiento popular en apéndice de la
dominación
capitalista afectó al peronismo hace ya mucho tiempo. Por eso Kirchner
renueva por
enésima vez al partido que garantiza la gobernabilidad de la clase
dominante. Pero
recurre a una duplicidad infrecuente para encubrir el clientelismo con
gestos
favorables a los derechos humanos, la independencia de la justicia y la
depuración de
la corrupción.
URUGUAY Y BOLIVIA
Por la magnitud del descalabro económico, el caso uruguayo se asemeja a la
Argentina. Pero la menor intensidad de la lucha social y la mayor
estabilidad del
sistema político lo equiparan con Brasil.
Aunque el PBI y la inversión se desmoronaron, la crisis no se “argentinizó”
en la
República Oriental. El Frente Amplio logró asegurar la continuidad
institucional,
evitando los desbordes y el vacío político. Ahora los futuros ministros se
aprestan a
introducir la orientación económica ortodoxa de Lula. Prometen mantener el
pago de
la deuda, el sistema impositivo regresivo, los privilegios del paraíso
bancario y el
enorme superávit fiscal impuesto para evitar el default de la deuda.
Esta evolución se explica en parte por el debilitamiento de la resistencia
social
afectada por el desempleo, la emigración y el envejecimiento demográfico.
Pero
también influye la tradición histórica de un país que no conoció
insurrecciones
populares, ni rupturas institucionales significativas, bajo el gobierno de
arraigados
partidos.
El Frente Amplio llega ahora al gobierno con fuertes compromisos de
mantenimiento
del status quo y un proyecto vaciado de contenido transformador. El mensaje
oficial
propaga que un “país chico no puede actuar solo”, como si los cambios
progresistas
fueran patrimonio exclusivo de las grandes naciones. Este discurso justifica
la
impotencia y chocará con la expectativa creada por el triunfo de la
coalición. La
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implantación social, la hegemonía cultural y la organización popular del FA
no
congenian fácilmente con el falso realismo político que promueve la
dirigencia.
En Bolivia la centroizquierda (Evo Morales) no gobierna directamente, pero
sostiene
al tambaleante presidente Mesa y trabaja para sustituirlo en la elección del
2007. Pero
este cronograma no concuerda con el ritmo del mayor descalabro regional, ni
con la
frágil gestión de una clase dominante que carece de recursos económicos,
instrumentos políticos y mediaciones institucionales para encarrilar la
crisis.
El desplazamiento del eje productivo desde el Oriente minero hacia el
Occidente
petrolero acentúa la debacle económica. Si el cierre de los socavones
masificó el
desempleo, el intento de erradicar la coca devastó al campesinado. Esta
pauperización
acentúa la tendencia hacia la desintegración del país, que alientan los
empresarios de
Santa Cruz para apropiarse la renta petrolea. Su ambición choca con la
demanda
popular que provocó la caída de Lozada en el 2003: nacionalizar los
hidrocarburos
para industrializarlos localmente.
En Bolivia permanece muy viva la extraordinaria tradición de alzamientos
populares.
Por eso Mesa ha recurrido a un plebiscito tramposo que buscó disfrazar la
continuidad
de la privatización energética con promesas de nacionalización. El sostén de
Evo
Morales le permitió sugerir que se avanza hacia la estatización, cuándo en
realidad
contempla mantener los contratos por varias décadas.
Para intentar gobernar como Lula la centroizquierda debería desactivar la
rebelión y
conquistar la confianza de la clase dominante. Los proyectos moderados y los
candidatos digeribles que promueve el MAS apuntan hacia ese objetivo. Pero
la
integridad territorial de Bolivia está amenazada por una tendencia
balcanizadora, que
coexiste con la perspectiva siempre latente de una nueva insurrección
popular. Es
improbable que en estas condiciones funcione la receta desmovilizadora que
se aplica
en el resto del Cono Sur.
EL PROCESO BOLIVARIANO.
¿Forma parte Chavez de la misma oleada centroizquierdista? La prensa
internacional
habitualmente contrasta su “populismo” con el rumbo “modernizador” de los
restantes
gobiernos, porque son muy significativas las diferencias que lo separan de
Lula y
Kirchner.
Chavez no preservó la continuidad institucional que predominó en Brasil y
Uruguay,
ni recompuso los partidos tradicionales como en Argentina. Emergió de una
sublevación popular (el “caracazo” de 1989) y de una revuelta militar (1992)
que
condujeron a un gran éxito electoral (1998). Comenzó otorgando concesiones
sociales
y aprobando una constitución muy avanzada. Su gobierno se ha radicalizado
junto a
las movilizaciones populares para enfrentar las conspiraciones de la
derecha. Esta
dinámica lo distingue del resto de los gobiernos centroizquierdistas, porque
reaccionó
contra los empresarios (diciembre 2001), los golpistas (abril 2002), el
establishment
petrolero (diciembre 2002) y el desafío del referéndum (agosto 2004). Se
pueden
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computar numerosas diferencias que separan el proceso venezolano del resto
de
Sudamérica.
Chavez concretó el desplazamiento de los viejos partidos de la clase
dominante que
perdieron su tradicional control del estado. Se apoya en los sectores
populares y no es
visto como socio o aliado por ningún sector capitalista. No se limita a
prometer
cambios, sino que ha iniciado verdaderas reformas con la distribución de
tierras, los
créditos a las cooperativas y la extensión de los servicios educativos y
sanitarios al
conjunto de la población.
Chavez reedita un proceso nacionalista en la tradición de Cárdenas, Perón,
Torrijos o
Velazco Alvarado. Este curso es una excepción en el marco actual de
amoldamiento
centroizquierdista al imperialismo. Es probable que las peculiaridades del
ejército
(escasa relación con el Pentágono, influencia de la izquierda guerrillera) y
la
gravitación del petróleo estatal (fortaleza de la burocracia, conflictos
latentes con el
comprador norteamericano, menor gravitación del sector privado) expliquen
esta
reaparición del nacionalismo. Su perfil antiimperialista lo sitúa en las
antípodas de
cualquier dictadura latinoamericana. Chavez tiene muchos parecidos con
Perón, pero
ninguno con Videla.
Las semejanzas con el justicialismo de los años 50 se verifican también en
las
conquistas sociales y el reciclaje con fines asistenciales de una renta
natural. Recepta
el mismo tipo de apoyo popular y rechazo burgués que predominaba en la
Argentina.
Si Perón se apoyaba en una clase obrera sindicalizada, Chavez se sostiene en
la
organización barrial de los trabajadores precarios.
También la confrontación con la derecha distingue a Chavez de sus colegas
sudamericanos. Propinó varias derrotas a la oposición, que no cesará de
conspirar
mientras perciba amenazas a sus privilegios. Buscan remover a Chavez o
forzarlo a
una involución conservadora (como tuvo el PRI mexicano) para restaurar la
estratificación socio-racial.
Estados Unidos maneja los hilos de cualquier golpe y de las provocaciones
terroristas que se preparan desde Colombia. Pero al Departamento de Estado
le falta
un Pinochet y por eso recurre a los “amigos de la OEA” para socavar a
Chavez.
Mientras las palomas de la Casa Blanca rodean al presidente, los halcones
preparan
una nueva arremetida.
Bush no puede actuar con mayor descaro mientras afronte el pantano militar
de
Medio Oriente. No se atreve a equiparar a Chavez con Sadam, pero tampoco
logra
domesticarlo como a Khadaffi. Estados Unidos necesita el petróleo venezolano
y debe
lidiar con la estrategia bolivariana de intervenir activamente en la OPEP y
reorientar
las ventas de crudo hacia China y Latinoamérica.
Las tensiones con el imperialismo se agravan, además, porque Chavez ha
establecido
vínculos muy estrechos con Cuba, que desafían el embargo y auxilian a la
isla con
suministros petroleros y acciones diplomáticas. Venezuela no envió tropas a
Haití, ni
se adapta a las exigencias comerciales de Washington. Además, el país está
muy
sensibilizado por una presencia solidaria de los numerosos médicos y
alfabetizadores
cubanos. Esta relación con Cuba distingue a Chavez de Perón, porque no se
nutre de la
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ideología reaccionaria que absorbió el caudillo argentino, sino que parte de
una
interpretación del bolivarismo afín a la izquierda y abierta al socialismo.
Venezuela está políticamente fracturada en dos bandos separados por el
ingreso, la
cultura y la tonalidad de la piel. La oligarquía busca contrarrestar la
irrupción de los
excluidos con la manipulación de la clase media. La batalla se dirime
cotidianamente
en las calles en una disputa por el poder de convocatoria, que no se observa
en ningún
otro país de la región.
Chavez ha demostrado gran capacidad para sumar adeptos y despertar las
energías
de los militantes contra el manejo derechista de los medios de comunicación.
El clima
del país presenta puntos de contacto con Nicaragua en los 80 o con la
efervescencia
militar-popular que rodeó a la revolución de los claveles en Portugal.
Es cierto que el control estatal de una gran renta petrolera brinda a
Venezuela un
espacio para reformas sociales que no existe en otros países. Utilizando
este recurso el
gobierno actúa con cierto desahogo, elevando el gasto público del 24% del
PBI (1999)
al 34% (2004) y afrontando con pocas dificultades el endeudamiento externo.
Las peculiaridades del proceso venezolano explican su vitalidad en
comparación a
los gobiernos de centroizquierda. Pero estas mismas singularidades crean
serios
interrogantes sobre el alcance continental del proyecto bolivariano.
¿”UN BLOQUE REGIONALISTA”?
Las convocatorias regionalistas que lanzó Chavez no tuvieron gran recepción
entre
sus colegas de centroizquierda. Ninguno insinuó la menor intención de
resistir el
ALCA construyendo el ALBA. Pueden compartir su retórica latinoamericanista,
pero
no la decisión de avanzar en proyectos de integración antiimperialista.
Chavez ha propuesto tres iniciativas: asociar las empresas petroleras en un
ente
común (Petrosur), conformar un banco regional con las reservas ya acumuladas
en
todos los países (Bansur) y reforzar los acuerdos comerciales para
constituir una
asociación común (del Can-Mercorsur al Comersur).
En cierta medida estas iniciativas brindan cobertura a los negocios que ya
entrelazan
a varios grupos capitalistas. Pero de estos convenios no surge la
integración autónoma
que ambiciona Chavez. Este objetivo requeriría implementar transformaciones,
que
ningún gobierno centroizquierdista está dispuesto a llevar a cabo.
Para que Petrosur revierta la sumisión energética de la región habría que
reestatizar
el petróleo de Argentina y Bolivia, porque no tiene sentido integrar ese
organismo a
las compañías privadas extranjeras. Pero es evidente que Kirchner y Mesa
mantienen
alianzas estratégicas con Repsol para preservar la privatización del sector.
La creación
de Enarsa, sin recursos, ni pozos, no contribuye a la integración real. Y
tampoco
facilita ese proceso que Petrobrás compre los activos de una corporación
argentina
(Perez Companc) o que PDVESA se asocie con Enarsa para adquirir estaciones
de
servicio. Estos negocios no alteran el patrón rentista y depredador que rige
al negocio
8
petrolero en el sur del continente. Si Petrosur se constituye en este marco
quizás sirva
para apuntalar los beneficios de algunos contratistas y proveedores. Pero no
aportará
la base energética que necesita la región para desenvolver una
industrialización
favorable a la mayoría popular.
Las reservas para constituir un banco regional están disponibles, pero la
custodia del
FMI impide su manejo autónomo. Sobran las divisas, pero falta soberanía.
Para crear
el verdadero Bansur habría que concertar primero un “club de deudores” que
revierta
la ingerencia del Fondo y la hemorragia de los pagos. Esta propuesta –tan
debatida en
los 80- no figura actualmente en la agenda actual de ningún gobierno.
Las tratativas para avanzar en mayores acuerdos comerciales enfrentan la
contrapresión de los acuerdos bilaterales que propicia Estados Unidos. Estos
convenios influyen significativamente sobre las clases dominantes, que
mantienen con
las metrópolis más negocios que con sus vecinos de Sudamérica. Las
dificultades del
Mercosur reflejan esta contradicción.
Dentro de esta asociación persisten las divergencias aduaneras y el arancel
común
continúa perforado por más de 800 excepciones. Mientas que en la Unión
Europea las
exportaciones entre países miembros superan el 50 % de las ventas totales,
en el
Mercosur no llegan al 11%. Brasil no cumple el rol económico de Alemania y
Argentina no juega el papel político que tiene Francia en el viejo
continente.
La integración es vital para contrarrestar la tendencia hacia la fractura
territorial que
corroe a varios países (Oriente de Bolivia, sur de Ecuador). Pero las clases
capitalistas
tienen otras prioridades. No es cierto que “las burguesías nacionales
sobrevivientes del
neoliberalismo de los 90 se orientan a conformar un bloque común”2. La mayor
transnacionalización de este sector ha reducido su inclinación
integracionista y por eso
resisten el regionalismo de Chavez. Las cumbres presidenciales -que se
repiten junto a
nuevos llamados a forjar la Comunidad Sudamericana- carecen de correlato
práctico.
Lo que sí prospera en la región son los negocios de las empresas
transnacionales que
operan en varios países y buscan movilidad del capital para abaratar costos
salariales,
racionalizar subsidios y maximizar los beneficios de las rebajas aduaneras.
Este tipo
de integración no beneficia a ningún pueblo.
La expectativa chavista de contagiar el espíritu bolivariano a los gobiernos
de
centroizquierda choca con un obstáculo estructural: las clases dominantes de
la región
preservan la conformación centrípeta que históricamente bloqueó su
asociación.
Ningún argumento oficial, ni presión popular contrapesa este
condicionamiento. El
sueño de Bolívar y San Martín no podrá concretarse mientras estos grupos
capitalistas
manejen el poder.
2Esta tesis sugiere: Mermet Rolando. “Bolivarismo revolucionario y unidad
suramericana” Questión,
septiembre 2004, Caracas.
9
“¿GOBIERNOS EN DISPUTA?”
Ciertos analistas consideran que la alternativa regionalista podría
igualmente avanzar
si convergen los procesos nacionalistas y de centroizquierda. Vinculan esta
posibilidad
a que Lula y Kirchner se afiancen y luego radicalicen sus gestiones. Por eso
apoyan o
participan en estas administraciones. Los argumentos que exponen para
justificar esta
actitud son muy semejantes en Brasil y Argentina3. Estos planteos abren el
debate
sobre el segundo problema de la etapa: ¿Facilitan los gobiernos de
centroizquierda el
acceso del pueblo al poder?
Es común escuchar que Lula y Kirchner encabezan “gobiernos en disputa”. Pero
esta
caracterización confunde los choques entre grupos empresarios -que afectan a
cualquier gobierno capitalista- con la presencia de intereses populares en
esas
confrontaciones. Estas aspiraciones no figuran en los roces entre
industriales y
banqueros que dividen al equipo de Lula (Mantega versus Palocci) o en los
desacuerdos sobre los subsidios que fracturan al gabinete de Kirchner
(Lavagna contra
De Vido).
Esta variedad de choques es consecuencia del carácter competitivo del
capitalismo y
afecta a todos los gobiernos latinoamericanos. El caso de Lula es
particularmente
revelador porque el presidente no es víctima de un entorno derechista, sino
que él
mismo ha optado por seguir los pasos de Tony Blair y Felipe González. Su
origen
popular y la base obrera del PT no han contrarrestado esta involución. Ya no
puede
atribuir su continuismo a la “herencia recibida”, ni argumentar que comanda
una
“breve transición”.
Algunos piensan que este conservadurismo es una táctica de Lula porque
“llegó al
gobierno sin conquistar el poder”. Pero esta distinción tendría sentido si
el presidente
alentara, protagonizara o aunque sea proclamara su oposición a la clase
dominante. El
control administrativo del estado podría ser un paso hacia el manejo
efectivo de la
economía si existiera la intención de transformar el status quo. Pero Lula
ya es un
hombre de confianza de los grupos capitalistas, que también guían la gestión
de
Kirchner.
3 Algunos exponentes de estas posturas son en Brasil: Betto Frei. “Ahora
Lula conquistar el poder”. Página
12, 20-9-04, Pomar Valter. “La gauche a l´heure du choix”. Inprecor 497,
septembre 2004, Pont Raul y Rosseto
Miguel. “Ideias”. Agencia Carta Mayor, 3-5-04, Sader Emir. “Brasil y Lula
desde un enfoque de izquierda”
Propuesta, 10-6-04, -Articulacao de Esquerda e Democracia Socialista. “Carta
aos Petistas”. Democracia
Socialista , n 9, janeiro –fevereiro 2005. “Editorial”, Correio da
ciuadania. “Un nouveaux parti socialiste”.
Inprecor 497, septembre 2004. En Argentina: Tumini Humberto. En marcha
14-10-04, Rudnik Isaac. “¿Quién
confronta con el FMI’?”. Desde los barrios, 12-12-04. En Uruguay: Huidobro
Eleuterio Fernández. “O
estamos fritos” Página 12, 25-1-05.
.
10
OPCIONES FICTICIAS
Obviamente “Lula es diferente a F.H.Cardoso” y “Kirchner no es igual a Menen
o
De la Rúa”. Pero esta caracterización solo constata que ningún presidente
reproduce al
anterior. El régimen político burgués funciona con alternancias para que
cada gobierno
se adapte a las necesidades cambiantes de la clase capitalista.
Ambos gobiernos refuerzan los mecanismos estatales de regulación. Pero lo
importante es dilucidar a quién beneficia esta ingerencia. Los neoliberales,
por
ejemplo, utilizaron el aparato del estado para apuntalar privatizaciones y
rescatar
bancos quebrados. Y el intervencionismo actual de Lula bloquea aumentos
salariales,
garantiza altas tasas de interés y asegura que los agroexportadores se
embolsen los
beneficios de la reactivación. Estas acciones no son contradictorias con
ensayar una
“política exterior autónoma”, porque todos los presidentes de Brasil han
buscado
diversificar las transacciones comerciales y China se ha convertido en un
mercado
apetecido por todos los empresarios.
Algunos analistas consideran que al menos se introdujo el plan de hambre
cero. Pero
este programa nunca pudo arrancar efectivamente por falta de presupuesto.
También
se menciona la reforma agraria, sin notar como los terratenientes continúan
intimidando a los terratenientes contra los ocupantes de tierras. Mientras
un puñado de
27.000 oligarcas controlan la mitad del terreno cultivable, los
asentamientos que
prometió el gobierno se concretan a paso de tortuga.
La modesta recuperación económica reciente tampoco es un mérito de Lula,
porque
reactivaciones semejantes se verifican en toda la periferia. Desconociendo
este dato –
resultante de la afluencia coyuntural de capitales externos- es frecuente
también
atribuir el rebote de la economía argentina a la política de Kirchner.
Algunos incluso
celebran el comienzo de una redistribución de los ingresos que no pueden
verificar en
ninguna estadística. La explosión de pobreza se ha frenado por el cambio del
ciclo.
Este giro repite lo ocurrido a principios de los 90, cuándo el debut de la
convertibilidad cortó la inercia inflacionaria. Lo llamativo en la
actualidad es cuán
poco bajan los índices de exclusión y desempleo en el contexto de enormes
excedentes
fiscales que acumula el gobierno para pagar la deuda.
En Brasil los seguidores de Lula esperan que el PT “vuelva a sus orígenes”.
El
propio presidente alienta estas ilusiones para retener a sus críticos y
preservar su
declinante legitimidad. En la Argentina los defensores de Kirchner prometen
que
transcurrido cierto lapso podrán vislumbrarse las ventajas del nuevo modelo.
Pero
todo indica que sucederá lo contrario, porque si el mandatario se estabiliza
también
afianzará el modelo patronal que aplicó durante su larga gestión en Santa
Cruz.
La incansable reivindicación que hacen Lula y Kirchner del Mercosur es
considerada
por sus partidarios como otra prueba del cambio en curso. Pero ambos líderes
sólo
defienden a las empresas radicadas en los dos países. Buscan además
preservar el
equilibrio entre los grupos capitalistas favorecidos y afectados por la
propia
concurrencia brasileño-argentina. Reformular el Mercosur como proyecto de
integración popular y resistencia al imperialismo no figura en sus planes.
11
DERECHA, CONTRADICCIONES Y FRENTES.
A veces se afirma que “una derrota de Lula favorecería a la derecha”. Pero
es mejor
analizar lo que sucede y no lo que podría ocurrir. Ya nadie puede
caracterizar que la
derecha desestabiliza a Lula, porque a diferencia de Venezuela la reacción
felicita al
líder del PT.
Otros analistas consideran que “cumplir con el FMI y pactar con la derecha”
es el
precio que tiene el logro de reformas sociales paulatinas. Pero como Lula
asumió el
programa de sus adversarios, estas conquistas simplemente no existen.
Quiénes
todavía piensan que no se puede “derrotar simultáneamente a la Lula y a la
derecha”
desconocen que el presidente cambió de bando y que los trabajadores
necesitan contar
con su propia alternativa.
El fantasma de la derecha se esgrime también en Argentina, sin ninguna
prueba de
rechazo del establishment al gobierno de Kirchner. Los capitalistas están
agradecidos
con el mandatario que les permitió recuperar dinero y poder. No hay que
olvidar que el
mismo diagnóstico conspirativo era utilizado hace algunos años para
justificar las
políticas regresivas de Alfonsín o De la Rúa. Pero lo peor es ignorar que
Kirchner
pertenece al mismo partido de Menen y Duhalde y por eso estrecha alianzas
con los
caudillos provinciales contra la protesta social y suscribe acuerdos con la
jerarquía
eclesiástica contra la rebeldía de los desocupados.
Algunos autores4 reivindican la necesidad de un frente con el gobierno
contra la
derecha, partiendo de la distinción que estableció Mao entre contradicciones
principales y secundarias. Pero retomar estos conceptos sólo tiene sentido
si se postula
una estrategia socialista. Al margen de este objetivo su utilización conduce
a
conclusiones de cualquier tipo. Especialmente hay que recordar que Kirchner
no
encarna a una burguesía nacional enfrentada al imperialismo, ni participa de
un
conflicto que podría agudizar contradicciones sociales irresolubles bajo el
capitalismo.
Este esquema de Mao no tiene ningún punto de contacto con la realidad
política
argentina actual.
Pero incluso en un escenario de ese tipo sería incorrecto rebajar las
reivindicaciones
para conformar un frente contra el enemigo principal. Cuándo se relegan las
demandas
populares para hacer buena letra con las clases dominantes, la unidad de los
oprimidos
se rompe y esta desunión de las clases explotadas termina ahogando los
proyectos
revolucionarios. Al postergar la “contradicción principal” para atender solo
las
“contradicciones secundarias” se diluyen los puentes que conectan las
demandas
mínimas y máximas de los desposeídos. Y esta fractura tiende frustrar el
desenvolvimiento de una lucha social consecuente.
IDENTIDADES, CAUDILLOS Y COMPROMISOS.
Algunos autores sostienen que la “identidad original del PT” se mantiene a
pesar de
la política de Lula. No registran que un partido al servicio de los
banqueros ya borró
4 Tumini Humberto. En marcha 14-10-04
12
su origen en la clase obrera y su perfil político inicial. Aunque conserve
una base
electoral popular se agotó como organización de izquierda.
EL PT jerarquiza los negocios, premia las carreras personales, destruye la
militancia
y exhibió su fidelidad al capital al expulsar a los legisladores contrarios
a la reforma
previsional. Esta regresión comenzó con compromisos neoliberales a escala
municipal
y se manifiesta actualmente en la promoción de una legislación laboral
regresiva. Las
referencias programáticas al socialismo han quedado completamente enterradas
para
aceitar las alianzas con los partidos de la derecha. El ejercicio del poder
ha diluido
totalmente la originalidad contestataria del PT, repitiendo lo ocurrido hace
muchos
años con el peronismo de Argentina.
Quiénes convocan a “cerrar filas en torno a Kirchner” ignoran esta última
involución. Esperan del actual presidente lo mismo que aguardaron los
trabajadores de
Perón. Pero significativas diferencias separan a ambos dirigentes. Kirchner
no es un
líder popular derrocado, perseguido y exiliado por los militares. Ha sido un
disciplinado funcionario del justicialismo, que brindó numerosas pruebas de
lealtad al
establishment durante su gestión como gobernador.
Muchos teóricos de la centroizquierda argentina y brasileña recurren al
argumento
del “mal menor” para sostener a Lula frente a Cardoso o a Kirchner frente a
Menen.
Pero este razonamiento conduce a una cadena de capitulaciones, porque la
dimensión
del mal aumenta con el paso del tiempo. Si solo existieran dos niveles de
una misma
desgracia no cabría otra salida que la resignación.
Algunos militantes reconocen su propia desazón y bajan los brazos comentando
que
“nuestro proyecto resultó más complejo”. En el caso de Lula no se verifica
esta
complicación, sino una descarada adaptación a la clase dominante. El devenir
de
Kirchner ha sido más inesperado, porque llegó a la presidencia antes de lo
calculado.
Pero desde el poder también persigue el objetivo de afianzar la supremacía
capitalista
con la desmovilización popular.
Cualquiera sea la caracterización exacta del PT o del peronismo kirchnerista
lo que
resulta inadmisible es la participación de militantes combativos en ambos
gobiernos5.
Ni la historia de un partido, ni lo que “piense la gente” o reclamen las
organizaciones
sociales justifica este compromiso con la aplicación de medidas
antipopulares.
Aceptar cargos implica asumir directamente la responsabilidad de ejecutar
esas
políticas. Cuando se actúa como funcionario ya no existen los grises.
Tampoco cabe la expectativa de actuar como vocero del pueblo en un gabinete
dominado por los agentes del capital, porque la experiencia del siglo XX
refutó ese
mito socialdemócrata. Los ministros progresistas siempre fueron impotentes
para
implementar sus propuestas y simplemente encubrieron con su prestigios a los
que
atropellan sin pudor. Lula y Kirchner ha sabido usufructuar de estas
contradicciones,
colocando figuras de prestigio en las áreas de Cultura, Justicia o Derechos
Humanos
para dejar la política y la economía en manos del establishment.
5Como ha sido el caso de la corriente “Democracia Socialista” en Brasil y de
“Barrios de Pié” en Argentina.
13
JUSTIFICACIONES COMPARADAS.
En Brasil se argumenta que Lula se inclinó hacia los conservadores por la
ausencia
de empuje del movimiento popular. En cambio en Argentina se explica la
moderación
de Kirchner por la falta de acumulación política previa. En un país se alega
la
inconveniencia de rifar con medidas radicales el acervo del PT y en otro se
explica que
las mismas decisiones no pueden aplicarse por la ausencia de una
organización
centroizquierdista significativa.
Esta inversión de argumentos se extiende a todos los planos. Mientras que en
Brasil
algunos intelectuales atribuyen la involución del PT al carácter
despolitizado de su
país, sus colegas de Argentina admiran la “capacidad de gestión” de ese
partido y la
interpretan como un reflejo de la madurez política brasileña. En ambos
casos, la
fascinación por el ejercicio del poder anula la indignación frente a la
miseria y el
sufrimiento popular.
Quiénes permanecen dentro del PT afirman que en Brasil “no existen luchas
suficientes para gestar una opción socialista”. En Argentina se argumenta
que la
“correlación desfavorable de fuerzas” impone el apoyo a Kirchner. Pero en
ambas
situaciones los gobiernos promueven activamente la desmovilización popular,
apuntalando respectivamente la transformación regresiva de la CUT y la
reconstitución de la burocracia sindical peronista. Por lo tanto no tiene
sentido
sostener a Lula o a Kirchner aduciendo retrasos o reflujos de la lucha
social. Estas
adversidades no son datos objetivos ajenos a la política de ambos gobiernos.
Atribuir el continuismo neoliberal en Brasil y la heterodoxia excluyente en
Argentina a la evaluación que Lula y Kirchner hacen de las relaciones
sociales de
fuerza es una ingenuidad, porque se presupone que ambos presidentes
permanecen
ubicados en el terreno de los oprimidos. Esta caracterización simplemente
omite que
ya demostraron su nítido interés por favorecer los negocios empresarios a
costa de las
reformas sociales.
Sostener a Lula obliga a justificar lo injustificable y a disuadir la
radicalización
política para no debilitar al gobierno. El mismo tipo de apoyo a Kirchner
empuja a
desactivar el legado del 20 de diciembre, abandonado las calles, renunciando
a las
exigencias de los desocupados, aceptando pactos con los caciques del
justicialismo y
encubriendo el envío de tropas a Haití.
En Brasil algunos piensan que es precipitado edificar otra alternativa, pero
no
aclaran cuándo será el momento oportuno para esa construcción. Las
condiciones para
ese giro nunca están a la vista, ni llegan con un cartel avisando “que
estamos
presentes”. Se puede evaluar esa maduración simplemente registrando la
involución
social del PT. El peligro no es la ruptura prematura, sino los efectos de
una decepción
popular generalizada.
La resignación adopta en Argentina formas curiosas. A veces se afirma que
como
“Kirchner es capitalista, no se le pueden pedir peras al olmo”. Pero
partiendo de este
mismo reconocimiento también cabría una conclusión opuesta: resistir los
atropellos
del gobierno, denunciar sus maniobras y construir un polo de izquierda.
14
Algunos creen que llegó el momento de repetir en Argentina el ejemplo del
Frente
Amplio. Pero este agrupamiento acaba de llegar al gobierno y se encamina por
el
rumbo de Lula. Se podría argumentar que el FA debe ser copiado en su
“construcción
por abajo” y no en su inminente gestión del estado. ¿Pero se pueden separar
ambas
instancias? ¿La decisión actual de mantener el status quo no se prepara con
años de
adaptación a las instituciones capitalistas?
LOS DILEMAS DE VENEZUELA.
A diferencia de Brasil o Argentina en Venezuela existe un “gobierno en
disputa”. En
los principales conflictos que afronta Chavez están en juego no solo
conveniencias de
uno u otro sector capitalista, sino también intereses de la mayoría popular.
Las pujas entre grupos empresarios para ganar el favor gubernamental se
dirimen en
un marco de confrontación de las clases dominantes con el proceso
bolivariano. Este
choque ha generado hasta ahora cierta dinámica antiimperialista de
radicalización que
opone a las clases opresoras y oprimidas.
Venezuela no es estructuralmente distinta al resto de Sudamérica. Padece el
mismo
nivel de inequidad social, subdesarrollo agrario y raquitismo industrial. La
pobreza
afecta al 80% de la población y el empleo informal abarca a tres cuartas
partes de los
trabajadores. No es posible erradicar esta herencia sin remover los
obstáculos que
bloquearon el desarrollo latinoamericano. Pero avanzar exige superar las
limitaciones
que frustraron a otros ensayos nacionalistas.
El asistencialismo social, la distribución de tierras improductivas y los
créditos al
cooperativismo permiten iniciar una redistribución progresiva del ingreso.
Pero
remontar la regresión social de los últimos años y revertir el desempleo
estructural
(resultante de la escasa y deformada industrialización) presupone
inversiones estatales
de grandes dimensiones. No alcanza con el “desarrollo endógeno” en las
ciudades y la
erradicación de tierras improductivas en el campo. Se necesita un programa
de
planificación industrial que elimine los privilegios de los grandes grupos
capitalistas y
sus socios de la burocracia oficial. Quiénes despilfarraron la renta
petrolera no se
convertirán nunca en artífices del desarrollo.
Un gran paso se ha dado con la expulsión de la gerencia transnacionalizada
que
controlaba PDVESA. También el incremento de las regalías y la decisión de
reducir la
dependencia petrolera con Estados Unidos (50% de las exportaciones y 8
refinerías en
ese territorio) amplían la autonomía de la política energética. Pero existen
por otra
parte, nuevos indicios de manejos tecnocráticos, acuerdos inconsultos de
explotación y
dudosas inversiones.
Las ambiciosas reformas sociales que propugna Chavez requieren mayor
radicalización política. Lula, Kirchner (o Zapatero) apuntan a neutralizar
este proceso
y por eso aconsejan tender puentes con la oposición y reconstruir el viejo
régimen. El
mismo trabajo realizan la OEA, Jimmy Carter y “Human Right Watch”.
15
Pero el principal freno del proceso bolivariano se localiza dentro de la
propia
administración chavista. Allí actúa una burocracia arribista e ineficiente
que ofrecerá
sus servicios a la oposición si percibe que los vientos soplan en otra
dirección. Para
preparar esa eventual emigración un sector del oficialismo (Comando
Ayacucho)
facilito el referéndum, avalando la recaudación fraudulenta de firmas. Han
presionado
para negociar nuevamente con los empresarios conspiradores luego del triunfo
de
Chavez.
La experiencia demuestra que las conquistas congeladas se diluyen. Si el
proceso
bolivariano es frenado volverá a repetirse lo ocurrido con el PRI o el
peronismo, que
involucionaron desde el poder hasta convertirse en opciones de las clases
dominantes.
El camino opuesto siguió la revolución cubana. Chavez ha declarado varias
veces su
admiración por ese segundo rumbo, pero no implementa las medidas de ruptura
con el
capitalismo que se adoptaron en Cuba en los años 60.
En Venezuela se está procesando una transformación democrática radical de
las
instituciones del estado. La estructura de este sistema no colapsó como en
Nicaragua
en los 80, pero está muy presente la posibilidad de un giro revolucionario.
Se
equivocan quiénes piensan que “en Venezuela no pasa nada” o que Chavez
repite el
“libreto populista” al no comandar una revolución social. El volcán
latinoamericano
está en ebullición, en un país que articula la resistencia antiimperialista
de la región.
La formación de nuevos sindicatos y la autoorganización popular en las
misiones y los
círculos bolivarianos indica que los protagonistas de un cambio radical ya
están en
movimiento.
GLOBALIZACIÓN Y UNIPOLARIDAD.
El ascenso del nacionalismo y la centroizquierda han cambiado el clima
intelectual
de Sudamérica. Ya no se discute solo cuánto avanzó el neoliberalismo, sino
también
cómo puede ser enfrentado y derrotado. En este debate muchos reconocen que
Lula y
Kirchner van por mal camino. Pero de esta constatación emerge otro
interrogante: ¿Se
puede hacer otra cosa ? ¿ La globalización no obliga a la izquierda a
replegarse? ¿La
ofensiva internacional del capital no limita las transformaciones posibles
al marco
antiliberal ?6
Frecuentemente se argumenta que las transformaciones registradas en el
capitalismo
contemporáneo han trastocado por completo el escenario latinoamericano. Y
son
evidentes los efectos de la revolución informática, la mundialización
financiera, la
internacionalización productiva o la transnacionalización del capital. Pero
la pregunta
clave es cómo impactan estos cambios en la región. ¿Agravan o atenúan los
problemas
6Estos temas se discuten entre otros textos en: Harnecker Marta. “La
izquierda latinoamericana y la
construcción de alternativas”. Laberinto n 6, junio 2001, Harnecker Marta.
“Sobre la estrategia de la izquierda
en América Latina”. Venezuela. Una revolución sui generis, Conac, Caracas,
2004, Petras James.
“Imperialismo y resistencia en Latinoamérica”. “La situación actual en
América Latina”Los intelectuales y la
globalización. Abya-Yala, Quito, 2004, Ellner Steve. “Leftist goals and
debate in Latin America!. Science and
society, vol 68, n 1, spring 2004.
16
históricos? ¿Potencian o disminuyen el subdesarrollo industrial, la
dominación
financiera y la dependencia comercial?
La inusitada gravedad de las crisis padecidas en la última década ilustra en
qué lugar
de la globalización ha quedado situada América Latina. El mismo proceso que
permitió la recuperación parcial de la tasa de ganancia en varios países
desarrollados
precipitó una brutal polarización social de ingresos y una gran fractura
entre
economías prósperas y devastadas. Ya es evidente que Latinoamérica sufre el
triple
impacto del empobrecimiento, el desfinanciamiento y la primarización de sus
exportaciones. ¿Pero podría recuperar la región cierto margen de autonomía
para
revertir esta regresión ?
Los teóricos de la centroizquierda y el nacionalismo responden positivamente
y
proponen empujar el surgimiento de un modelo capitalista productivo,
incluyente y
regionalmente integrado. Este proyecto solo computa los nichos que existen
para
gestar nuevos negocios, sin registrar los desequilibrios que genera esa
acumulación en
la periferia. Tampoco notan que el desenvolvimiento del capitalismo
latinoamericano
no es suficiente para competir con los centros imperialistas, ni para
repetir el curso
seguido por las grandes potencias.
Pero resulta además muy difícil dilucidar cuál es el espacio que
efectivamente existe
para el modelo económico centroizquierdista, porque su implementación
requeriría
ciertas decisiones antiimperialistas junto a la drástica ruptura con el
patrón neoliberal.
Y como ninguno de esos gobiernos parece dispuesto a embarcarse por este
rumbo, el
enigma del margen existente para erigir “otro capitalismo” permanece
irresuelto. Los
nuevos presidentes simplemente debutan con proclamas antiliberales y luego
perpetúan el status quo. Por eso la radicalización anticapitalista y la
perspectiva
socialista constituyen la única certeza de bienestar y progreso. ¿ Pero el
aterrador
poderío norteamericano no descalifica esta opción ?
Esta preponderancia estadounidense no es un dato nuevo en la zona que ha
padecido
la carga histórica de conformar el “patio trasero” de la principal potencia.
Todos los
intentos de emancipación nacional y social del siglo XX chocaron con esa
dominación. Y en más de una oportunidad se pudo doblegar a un enemigo que
parecía
invencible. La permanencia de la revolución cubana al cabo de 40 años de
invasiones,
embargos y conspiraciones ilustra este logro.
Es cierto que en la última década Estados Unidos reforzó su predominio
militar y
recuperó su primacía económica o política. Pero no ejerce un liderazgo
estable porque
sus rivales continúan actuando y los pueblos resisten su opresión. Lo
sucedido en Irak
revela estos límites del poderío norteamericano. Los marines no han podido
reducir al
país a un status colonial, ni tampoco lograron apropiarse del petróleo.
Todavía habrá
que ver si Bush redobla la apuesta militar o recurre al auxilio europeo para
negociar
algún compromiso en la región.
El alcance de las guerras preventivas que promueve Bush es terrorífico. Pero
no hay
que aceptar la imagen victoriosa que los neoconservadores difunden de sí
mismos. Ese
retrato oculta la gran brecha socio-cultural que genera la agresión
derechista dentro de
Estados Unidos. La combinación de varios desequilibrios económicos
(financiamiento
internacional del déficit fiscal y comercial) y políticos (luchas nacionales
contra los
atropellos imperialistas) desafía la unipolaridad estadounidense.
17
URSS Y CORRELACIÓN DE FUERZAS.
Existe la impresión que el derrumbe de la URSS restó a la izquierda un
aliado
insustituible. Pero esta visión no toma en cuenta que la burocracia
dirigente de ese
régimen solo apuntalaba a los gobiernos o movimientos que coincidían con sus
prioridades estratégicas. Por eso también apoyó dictaduras, sostuvo
presidentes
hostiles a la izquierda y sobre todo disuadió acciones revolucionarias. Esta
conducta
desató fuertes críticas de los propios líderes cubanos favorecidos por la
ayuda
soviética.
América Latina siempre fue para la diplomacia de la URSS una pieza de su
ajedrez
geopolítico con Estados Unidos. Por eso el fin de la guerra fría tiene
efectos
contradictorios y no puramente negativos sobre la región. Por un lado
generaliza la
sensación de mayor desprotección (o menor contrapeso) frente al
imperialismo. Pero,
por otra parte, crea las condiciones para disipar la identificación popular
del
socialismo con un régimen totalitario que no conservaba ningún resabio de su
origen
socialista.
Partiendo de ese balance habría que modificar los razonamientos de la
izquierda
exclusivamente centrados en diagnósticos “por arriba” (relaciones entre
estados),
recuperando el análisis de lo que sucede por “por abajo” (desarrollo de la
lucha
popular y de la conciencia de clase). Con este replanteo se puede evaluar
con menos
prejuicios la actual correlación internacional de fuerzas.
La estimación más corriente ignora el curso de la confrontación social y
solo toma
en cuenta el número de gobiernos progresistas que contraviene a los
conservadores.
Este enfoque preserva la vieja “visión campista” que dividía al mundo en dos
bloques
rivales (socialista versus capitalista), pero sin poder definir quién
integra hoy el campo
opuesto al imperialismo. ¿Europa? ¿China? ¿Los países árabes?
La forma adecuada de evaluar la correlación de fuerzas es definir quién se
ubica a
la ofensiva en la batalla que opone a los capitalistas con los trabajadores.
En términos
generales la clase dominante mantiene esta iniciativa desde el debut del
neoliberalismo. Pero mucha agua ha corrido bajo el puente desde fines de los
80. La
agresión patronal se consolidó dentro de Estados Unidos y parece retomar
fuerzas en
Europa, pero numerosos países están conmovidos por levantamientos populares.
Y
América Latina ocupa un lugar de vanguardia en este escenario de revueltas.
Es erróneo repetir que “las relaciones de fuerzas son adversas en la
región”, como si
nada hubiera pasado desde los 90. Esa negativa evaluación contradice incluso
la
propia celebración que se hace de los nuevos gobiernos de centroizquierda.
Es
contradictorio subrayar el repliegue de los oprimidos y presentar al mismo
tiempo a
esos regímenes como ejemplos del avance popular. La primera afirmación no es
coherente con la segunda. En realidad correspondería señalar que Lula y
Kirchner son
variantes de una dominación capitalista afectada por la pérdida de
iniciativa patronal,
que generó la crisis del neoliberalismo.
18
ADVERSIDADES EXTERNAS E INTERNAS.
Quiénes remarcan la adversidad de las relaciones de fuerza también estiman
resultaría muy difícil sostener un triunfo antiimperialista en algún país de
América
Latina. Y es cierto que el aislamiento constituye un recurrente problema de
todas las
revoluciones. Pero Cuba ya ha demostrado cuánto tiempo puede sostenerse una
transformación social en condiciones de terrible hostigamiento imperialista.
La
globalización no incorpora obstáculos cualitativos adicionales a estas
dificultades.
Hay que recordar, además, que todas las revoluciones irrumpieron en
condiciones
desfavorables y sobrevivieron sin grandes auxilios externos. Siempre
debutaron a
escala nacional y transformaron con su ejemplo el escenario regional. En
ciertos
momentos arrastraron a más de un país (Centroamérica en los 80), pero nunca
se
desenvolvieron en forma simultánea. Aunque esta desincronización fue un
condicionante negativo, lo que habitualmente frustró a estos procesos fueron
los
frenos y desaciertos interiores.
La experiencia sandinista confirma que el obstáculo no es externo. Si bien
enfrentaron el desgaste de la agresión imperialista, su proyecto fue
socavado por la
conversión de los dirigentes en una elite de nuevos ricos que pactó con la
derecha el
reparto del poder. A 25 años de esa revolución ya nada queda de la reforma
agraria y
de la alfabetización, en un país atormentado por niveles de pobreza y
desigualdad
apenas superados por la tragedia haitiana.
¿Pero hay que deducir de las frustraciones de los 80 que el proyecto
socialista ha
quedado sepultado? ¿Corresponde concluir que no se puede ir más allá de los
ensayos
de la centroizquierda y las apuestas del nacionalismo? La continuidad del
impulso
popular a la sublevación contradice este ese repliegue. La secuencia de
levantamientos
que conmocionó a varios países (Ecuador, Bolivia, Argentina) en los últimos
años,
revela que existe la disposición y la necesidad de encarar transformaciones
antiimperialistas radicales, para revertir la degradación que sufre
Latinoamérica. Los
obstáculos para desenvolver estos proyectos no se localizan en el contexto
internacional, sino en los errores (o traiciones) que predominan en el campo
de los
luchadores.
Lo que persiste en la región es la dificultad para alumbrar alternativas
políticas de
los propios explotados. Las clases populares conquistan las calles durante
las huelgas,
los enfrentamientos y las movilizaciones, pero entregan su destino al
enemigo cuándo
deben definir el rumbo político de sus países. El mayor ejemplo actual de
esta
paradoja es el ascenso al gobierno de la centroizquierda, que acompañó las
protestas
desde el llano y las disuelven desde el poder.
EL GIRO LOCALISTA.
Caracterizar que el ciclo revolucionario ha concluido conduce al apoyo de
Lula y
Kirchner y al reforz
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