martes, 28 de diciembre de 2004
Por nortinorebelde a las 12:57
Darío L. Machado Rodríguez
El título de un libro de reciente aparición motivó la pregunta de un colega y amigo: “Chico —me dijo— ¿Y qué es socialismo?”. Para cualquiera en Cuba y para muchos en el mundo, el vocablo es muy familiar, habitual, pero puestos a explicar su contenido, las cosas no son tan sencillas.
Fue Pedro Leroux quien popularizó el término en Europa en 1832. Este pensador entendía por socialismo “la ciencia encargada de velar por el bienestar de la especie humana”. Muchos en el siglo XIX comenzaron a emplear la palabra, primero en el Viejo Continente y de ahí fue extendiéndose hacia otras regiones del mundo. Carlos Marx también la usó. Si Leroux lo veía como ciencia, Marx hizo ciencia del propósito socialista. El término se ha aplicado a la teoría, a los movimientos sociales, a los sistemas políticos, pero mi interlocutor evidentemente se refería al sistema social y desde ese ángulo hay diferentes realidades y criterios.
Uno fue el socialismo que se practicó en la antigua URSS y otro muy distinto el que proclaman los socialdemócratas europeos. El socialismo en China tiene características propias y, en rigor, el término que como tal es un fonema independiente, puede ser usado de las formas más diversas, lo que obliga a discriminar significados, para evitar la confusión y el peligro de equivocar los rumbos.
Sean cuales fueren los contenidos que unos y otros asignen al término socialismo, este se asume por lo general como un sistema mejor, aunque a veces demagógicamente —como ocurre con aquellos “socialistas” de la socialdemocracia que resultan más neoliberales que los del FMI.
Los países del desaparecido campo socialista europeo definían su sistema como socialismo “real”, obviamente en el sentido de “legítimo”, “el que debía ser”, porque en definitiva reales son todos los sistemas sociales. El propio Marx, quien pensó el socialismo y el comunismo en calidad de superación revolucionaria del capitalismo, como necesidad histórica, no pudo, sin embargo, practicarlo, no vivió la realidad de una transición del capitalismo al socialismo. Lenin sí, aunque en una fase inicial y por pocos años en los que aun así se ensayaron dos enfoques generales, pensados a partir de condiciones cambiantes: “el comunismo de guerra” y la “nueva política económica”. El desenlace de lo que un día fue gloriosa epopeya se conoce, y aunque mucho todavía hay que hurgar en las causas y en general en las características de aquel proceso, lo indiscutible es que no se concluyó la transición y se produjo un regreso brusco al capitalismo.
En Cuba el socialismo como proceso, la transición socialista, ha tenido momentos de importantes cambios de enfoque dentro de la orientación general socialista. Sin ánimo, por supuesto, de ofrecer una periodización, sino solamente apuntando variaciones notables, podemos distinguir diversos momentos: la consolidación del poder revolucionario, el primer proyecto integral de desarrollo al final de la década de 1960, la institucionalización, el proceso de rectificación, el período especial. Al analizarlos se pueden distinguir importantes transformaciones en las circunstancias, las características sociales y las políticas practicadas.
En resumen, no hay un modelo acabado de socialismo y tampoco una única definición universalmente válida para cualquier realidad social, para cualquier cultura, lo que no quita que haya premisas y principios de la transición socialista, la cual, si lo vemos dialécticamente en sentido amplio, comienza desde que existe el propósito y la voluntad social de producirla.
Hay, al menos, dos realidades a tener inicialmente en cuenta. Una es que no puede pensarse una transición socialista en tanto objetivo social y político integral, bajo el predominio de la propiedad privada, simplemente porque su esencia explotadora y egoísta convertiría el término transición socialista en una vulgar fórmula demagógica. Tampoco puede imaginarse una transición socialista hoy sin la presencia de relaciones mercantiles, y esto por dos razones: porque son las que predominan en el mundo real en el que vivimos y porque en la psicología de la gente, de los hacedores de la transición, está presente la ley del valor.
En consecuencia, para transitar al socialismo son imprescindibles el predominio de la propiedad social socialista y las relaciones mercantiles. En mi criterio las experiencias fracasadas de transición socialista no fueron suficientemente creativas en lo tocante a la aceptación de disímiles formas de existencia de la propiedad social ni lograron que el productor socialista se sintiera realmente dueño, mientras asignaron un espacio exagerado al mercado.
El socialismo es una sociedad pensada, y pensada entre todos, requiere adaptabilidad y creatividad. No se pasa del capitalismo al socialismo como se traspasa el umbral de una puerta entre habitaciones contiguas; es un proceso cultural dilatado y complejo que requiere articular voluntades, construir sucesivamente el consenso, asimilando y resolviendo colectivamente los problemas nuevos. Requiere también de capacidad de autorregulación y para ello de la articulación de las actividades socioeconómica, organizativa, jurídica —normativa e ideológica— y política. Esto último reserva un papel decisivo a la actividad política, a la actividad estatal, al plan, a la ideología socialista, y en primerísimo lugar al hombre, al ciudadano, sin cuya participación libre y consciente puede incluso que ocurra —como una vez advirtió Fidel— que suban las riquezas y bajen las conciencias, comprometiéndose con ello las finalidades estratégicas del socialismo. Si algo merece hacerse, merece hacerse bien, y lo que esté bien hecho lo dirá solamente la práctica social.
Efectivamente, no hay una definición única de socialismo, ni modo alguno de que cualquiera de ellas tenga sentido si no halla contenido en una práctica social concreta, pero hay principios del socialismo, el cual —en tanto proceso cultural— implica en cada paso dejar atrás algo del capitalismo. Entre estos principios cabe mencionar: la propiedad social, la unidad política, la legalidad socialista, el consenso, la participación social, la planificación, la educación, el papel de la ideología socialista, la soberanía y la independencia nacional, el internacionalismo, la solidaridad, la justicia social, la flexibilidad, la creatividad, la experimentación, todo eso es socialismo y si bien no hay una definición única de socialismo al menos sabemos con certeza lo que no puede ser: no puede ser capitalismo.
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